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De resistido a ser el mejor ladero de Passarella: entrevista con Luis Galván, campeón con Argentina en el Mundial del 78

– ¿Qué significado tiene haber ganado un Mundial, como el de 1978? Sobre todo para alguien como usted que provenía del fútbol del interior, y muy identificado con Talleres de Córdoba

– Generalmente, los jugadores que venimos del interior no solemos ser convocados para la selección argentina. En mi caso, tuve la suerte de que César Luis Menotti me conocía porque venía realizando un trabajo largo con jugadores de todo el país y yo había participado en los Juegos Panamericanos de México en 1975. Jugar en la Selección y ser campeón mundial es lo máximo que le puede ocurrir a un jugador. Ya había sido convocado varias veces así que el haber estado entre los veintidós definitivos, en parte, fue un hecho natural. El Mundial 1978 forma parte de mis mejores recuerdos.

– ¿Cómo fue convivir con estrellas consagradas como muchos de esos jugadores?

– Yo diría que había muchos conocidos, pero piense que en ese tiempo, sólo Mario Kempes se destacaba en el exterior. El resto jugaba en clubes argentinos. Lo que sucedía era que los que estábamos en Talleres podíamos protagonizar un torneo Nacional de aquellos tiempos, pero que se jugaba en la parte final del año, pero terminaba y volvíamos a las ligas locales a jugar contra Peñarol o Huracán de Córdoba durante meses para recién luego retornar a los Nacionales, y entonces, nos conocían menos. Me pasó eso después de ganar el Mundial.

– ¿Y cómo era vivir ese contraste?

– Le cuento que justo a principios de enero de 1978, a meses del Mundial, Talleres perdió esa increíble final del Nacional 1977 ante Independiente cuando teníamos tres jugadores de más y yo estaba muy mal anímicamente. Estaba muy cuestionado y entonces decidí irme a mi Santiago del Estero natal, a mi pueblo Fernández, a estar con mi gente. Y resultó que para febrero, me citaron para ir a entrenarme con la selección argentina que ya se preparaba para el Mundial. Fui el último convocado de todos, porque después de mí llamaron a Osvaldo Piazza, que jugaba en Francia, pero tuvo un problema familiar y finalmente no vino.

– ¿Y al ser convocado al final, no tenía miedo de quedar afuera de la lista definitiva cuando Menotti tuvo que dar los nombres de los tres que saldrían?

– Es que, de arranque, ya en los amistosos me ponía de titular junto a Daniel Passarella, como marcador central, y para eso desplazó al lateral derecho a Jorge Olguín. Yo no lo podía creer, pero Menotti se fijaba mucho en los jugadores del interior, y eso me daba tranquilidad, porque ya me conocía.

– Cuánta confianza en usted, ¿no?

– Mucha. Es que Menotti tuvo una mirada extraordinaria. De hecho, cuando pasó a Olguín de “cuatro”, a Jorge eso no lo convencía, pero fue mejorando en los amistosos. También puso a Mario Kempes de “diez” cuando era el puesto que más jugadores tenía (Valencia, Alonso, Villa y hasta Larrosa podía jugar allí, además de hacerlo como “ocho”). Y se la jugó con tres delanteros y entonces nosotros atrás quedábamos los cuatro defensores y Américo Gallego, delante nuestro. Osvaldo Ardiles colaboraba también un poco.

– Usted era muy resistido por la gente, al principio.

– ¡No me querían! Pero tampoco me conocían mucho. Estábamos concentrados, recibíamos los diarios y eran tan duras las críticas conmigo que yo no quería leerlos, porque yo no sentía que había jugado tan mal como para que me calificaran con un 2 o con un 3. Ya era como si yo fuera un delantero más de nuestros rivales (risas). Al empezar el Mundial, me ponían un 4 o un 5 pero nuestra defensa recibía muy pocos goles.

– ¿Y cómo superó estas críticas tan duras?

– Me ayudó mucho Rogelio Poncini, uno de los ayudantes de Menotti, que me recomendaba. “No leas los diarios –me decía-. César te conoce, y los que te califican no te vieron jugar nunca. No sabés la confianza que Menotti tiene en vos. Sos el único que puede jugar al lado de Passarella y que él te puede escuchar”.

– ¿A qué se refería con eso de que lo podía escuchar?

– Es que Passarella, en la cancha, gritaba, hablaba. Todos lo escuchaban. A mí me dijo una vez “a mí me gusta ir siempre para adelante porque quiero que mi equipo vaya ganando desde el principio, y a veces me voy sin darme cuenta, así que vos grítame. Y si no te doy bola, insultame”. Fue muy importante para mí.

– ¿Y usted le gritaba?

– No, no llegaba a gritarle, pero pasaba a uno o dos metros y le decía “mirame, mirame” y él me decía “está bien, Luis”. Daniel era de esos que salían a romper juego y yo sobraba en el fondo. Si venían rápido por mi lado derecho, el que salía a romper era yo y entonces, sobraba él.

Luis Galván, campeón del mundo en el Mundial de 1978

– La gente, en su puesto, pedía a Roberto Mouzo, que se destacaba mucho en el Boca de tantos títulos con el Toto Juan Carlos Lorenzo.

– Sí, así es. Y también había rumores de que, aunque era veterano, Roberto Perfumo tenía chances por su experiencia. Incluso, muchos hablaban de Daniel Killer, que jugaba en Rosario Central y que estuvo con nosotros en el plantel, por su estatura. Pero yo no le daba importancia a lo que decían los diarios.

– Les tocó un grupo inicial muy duro para ser locales: tres equipos europeos. ¿Cómo fueron esas vivencias del debut ante Hungría en el Monumental?

– Era un grupo muy duro. No tanto quizá los húngaros, pero los franceses y los italianos eran muy reconocidos. Pero el Flaco Menotti nos transmitió la idea de que había que mostrar en la cancha lo que cada uno traía de sus clubes. Nosotros jugábamos de la misma manera en que lo hacíamos en nuestros clubes. Yo trataba de no equivocarme, de salir jugando con precisión, porque si la tiraba larga y me equivocaba, después se pagaba caro. Fue muy importante ganar el primer partido porque de no hacerlo, nos obligaba a salir a jugarnos todo en el segundo ante Francia, con menos margen.

– ¿Cómo se vivían esos momentos, en ese contexto tan particular?

– Después de los partidos, la mayoría de nosotros se reunía en una habitación, sin que participara el cuerpo técnico, y en esas charlas nos decíamos todo y hablábamos de los detalles de lo que había pasado en la cancha. Eso era algo muy bueno, que nos permitía corregir errores.

– Del 6-0 a Perú en la segunda ronda se habló muchísimo. ¿Cuál es su mirada?

– Cuando se habla del 6-0, muchos periodistas poco recuerdan que al inicio, Perú nos dominaba y que una pelota de ellos pegó en el palo y fui yo el que termina rechazando. ¿Y al palo quién lo puso? ¿Los militares? Ellos tenían un gran equipo y nosotros nos terminamos de asentar en el segundo tiempo, cuando ya estábamos muy bien parados. Fue muy importante la charla que nos dio Menotti en el entretiempo, porque ya estábamos muy cerca de la final y nos dijo que la mejor manera de sacar la diferencia de gol que faltaba era tranquilizándonos. Terminamos siendo muy superiores y después, ganamos bien la final.

– ¿Notó algo especial en el quedo de los peruanos en el segundo tiempo?

– Hay que estar en el cuerpo y en la piel del rival cuando genera situaciones y no concreta. Se enojaban entre ellos. Después del 3-0 ya nos agrandamos y había mucha superioridad.

– ¿Cómo se vivía ese Mundial en medio de una dictadura militar como aquella?

– Nosotros estábamos concentrados muy lejos de todo. De hecho, yo llegué diez días antes pero había gente que no veía a sus familiares desde hacía semanas. A los familiares casi no nos dejaban entrar ni salir. Había días particulares de visita y también contados días para la prensa. Muchos tenían hijos, y los veían muy poco. Nosotros nos distraíamos jugando a las cartas, al metegol, pero por la mente de todos pasaba lo de querer asegurarse la titularidad y pensar en el partido siguiente porque se jugaba con una distancia de pocos días, y más cuando en la segunda ronda hubo que ir a Rosario y nos quedaba menos margen de preparación. Nosotros entendimos lo que nos jugábamos.

– Usted está en el grupo de los privilegiados cuarenta jugadores argentinos que ganaron un Mundial. ¿Por qué después de 1986 no se volvió a ganar otro?

– A nosotros, cuando nos juntamos los que estábamos en la Selección y éramos los de Talleres (Valencia, Oviedo y hasta Bravo, que quedó afuera de la lista en el final) siempre hablamos de eso. Sufrimos cuando Bravo se quedó afuera junto con Bottaniz y Maradona, pero era un grupo muy unido y siempre se dice que cuando el grupo está bien se consiguen cosas importantes.

Segundo gol de Kempes a Holanda (Infobae)

– ¿Entonces pasa por algo grupal?

– Hay algo muy importante desde lo futbolístico, porque para que una selección funcione, no puede prepararse sólo diez días antes, cuando todos vienen de equipos con distintos sistemas tácticos, distintos sistemas de marca, porque se tienen que adaptar, y en diez días, eso no se consigue. Y la mayoría viene de equipos de distintos países europeos. El trabajo a largo plazo tiene mucho que ver con los títulos conseguidos porque tanto Menotti como Bilardo dispusieron de tiempo. Muchas veces le preguntan a los jugadores de 1978 ó de 1986 cómo debería formar la Selección hoy y cada uno nombra diferentes jugadores porque no te pueden decir un equipo titular. Hay muchos arqueros posibles y ni se sabe a veces en qué equipo juegan los convocados. Me suele pasar eso. Antes vos pensabas en un arquero y te salía fácilmente Fillol, Baley o Gatti.

– ¿Qué hizo después de salir campeón del mundo?

– Nos quedamos un día más en Buenos Aires porque nos tenían que entregar otro premio, y con mi familia nos fuimos una semana a Córdoba, que era una auténtica locura, al punto de que casi no comía por falta de tiempo para atender a todos los que se me acercaban para saludar y a los medios que me querían entrevistar. Terminé bajando mucho de peso. Y ya luego me fui a mi pueblo, Fernández, a 30 kilómetros de Santiago del Estero. Tenía una alegría tal, que no me daba cuenta de nada.

– Además, usted recibió un premio especial…

– Sí, me dieron el premio “Fair Play”, al jugador más limpio del Mundial, que es el mejor premio que un jugador puede tener. Lo eligen los dirigentes de la FIFA.

– Usted pudo presenciar cómo Diego Maradona se quedó en las puertas del Mundial 78, al no integrar la lista final. ¿Cómo se vivieron aquellos momentos?

– Fue muy doloroso para todos pero hay que entender que en aquel momento no era el gran Maradona que fue después y ese puesto estaba cubierto con muchos números “diez”, al punto de que terminó jugando allí Mario Kempes, que en el Valencia era delantero. Cada vez que veo a Diego recordamos los momentos vividos. Piense que el día de su debut con Argentinos Juniors en 1976 debutó contra Talleres y yo jugué ese partido. Recuerdo que la gente gritaba para que entrara y nosotros no lo conocíamos, y cuando entró, nos hizo un lío bárbaro. Cinco años más tarde, debutó en Boca otra vez contra Talleres en la Bombonera. El estadio se movía y no podíamos llegar a la cancha con el autobús por la cantidad de gente que había. Tardamos una hora y media. Los dos éramos los capitanes de los equipos. Cuando debíamos salir a la cancha, era tal el griterío que yo quería que saliera Boca primero pero me apuraban, así que intenté, al menos, salir a la par que ellos. Cuando nos vemos, Diego me recuerda que le pegaba muchos golpecitos pero a la altura del tobillo (risas).

– ¿Cómo siguió su carrera después de Talleres?

– Me fui al Bolívar de Bolivia, y llegamos a la semifinal de la Copa Libertadores de 1986, cuando nos eliminó el América de Cali de Falcioni, Gareca y Cabañas, que luego perdió la final ante River. Jugábamos a cuatro mil metros de altura. Antes jugué también un Nacional para Central Norte de Salta. También jugué tres Mundiales Senior y pude ser compañero de gente de otras generaciones.

– ¿Y qué hace hoy?

– Hace una década que dirijo la Escuela de Fútbol de Talleres. De allí seleccionamos los jugadores que pasan a las divisiones inferiores. Son unos 300 chicos y 22 profesores. No suelo ir mucho a la cancha. Veo los partidos por la TV porque ya no hay jugadores como antes.

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