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El coach de Campazzo: de vender zapatillas, limpiar oficinas de madrugada y querer ser Policía, a convertirse en uno de los hombres más respetados de la NBA

Michael Malone logró hacerse un espacio en la NBA y hoy es uno de los coachs más respetados (Foto: Reuters)
Michael Malone logró hacerse un espacio en la NBA y hoy es uno de los coachs más respetados (Foto: Reuters) (Isaiah J. Downing/)

De no haber sido por aquella llamada telefónica, en 1995, Facundo Campazzo tendría otro entrenador en su primera experiencia en la NBA. De mínima. Incluso hoy podría jugar en otro equipo o directamente no estar en la mejor liga del mundo, sobre todo teniendo en cuenta lo importante que fue Michael Malone en la decisión de los Nuggets de ofrecerle esta chance al base estrella de nuestra Selección.

Pero volvamos 26 años atrás, a aquel momento en el que Malone no encontraba su camino. O, al menos, no encontraba el camino que soñaba. En aquel momento, con 24 años, estaba siguiendo la tradición familiar. Su abuelo había sido policía, lo mismo que sus tíos y sobrinos, cuando un amigo le hizo una recomendación. “Él estaba en el Servicio Secreto y me dijo que aplicara para un puesto. Me interesó, sobre todo por el historial familiar y porque hasta ese momento no veía claro el camino a la dirección técnica”, aceptó. Hasta ahí, Malone había tenido una única experiencia como coach, como asistente secundario –y sin paga- en la Universidad de Oakland en Michigan, y se las rebuscaba con múltiples trabajos para mantenerse.

En esa época, mientras todavía vivía en la casa de sus padres, Malone vendía zapatillas de básquet por la mañana, trabaja en un sucursal de Foot Locker por la tarde y, de madrugada, de la medianoche hasta las 4, limpiaba oficinas comerciales. “Lo hice durante cinco meses pero un día me dije a mí mismo por qué estaba haciendo esto y me di cuenta que esto no era lo que quería, que no era lo que tenía planeado para mi futuro… No quería ser un barco a la deriva…”, recordó. ¿Qué hizo entonces? ¿Busco trabajo como coach? No, llenó el formulario para sumarse al Servicio Secreto y en enlistó para ser un oficial de policía en el estado de Michigan.

Fue cuando aquella famosa llamada. Pete Gillen, amigo de su padre y coach de la Universidad de Providence, discó el teléfono de Brendan, pero esta vez no fue para una de las rutinarias conversaciones con su amigo.

— Michael, es para vos. Pete quiere hablar con vos.

Un año antes, tras graduarse de la Universidad de Loyola en Baltimore, Malone hijo había enviado 75 cartas a los entrenadores de facultades de División I para conseguir un puesto, sin dejar que participara su padre, entrenador reconocido de muy buen paso por la NCAA (10 años) y uno mejor en la NBA, con 30 temporadas como asistente (en seis equipos distintos) y dos como head coach. Una de aquellas correspondencias cayó en manos de Gillen, quien –por su amistad con Brendan– había mantenido esa opción en su cabeza hasta que se le abrió una vacante. Michael no lo dudó un segundo y al día siguiente estaba volando hacia Rhode Island. “Allí me hice encontré mi camino y conocía a mi esposa. Es gracioso cómo funciona la vida…”, rememoró. Allí comenzó su sueño. Y su escala. Tras tres años acompañando a Gillen, la Universidad de Virginia lo buscó para ser el director de basketball y en 1999 volvió a ser asistente, ahora en la Universidad de Manhattan.

Michael nació el 15/9/71 en Nueva York, puntualmente en Astoria, un distrito de Queens. Pero, por la profesión de su padre, creció en un gimnasio con una única pasión. “Era mi segunda casa y la pelota, una extensión mía. No tuve licencia de conducir hasta los 25 años, imaginen dónde vivía… No hay dudas de que soy un producto de ese ambiente. Fui testigo de cada paso que mi padre dio y así es que me fui identificando con eso, con la profesión, con esa pasión…”, recordó. Sin embargo, su padre tenía otros planes y quiso disuadirlo de ser coach. “Busqué alejarlo porque es una profesión sin seguridades. Yo tuve suerte, me fue bien, sobreviví… Pero muchos entrenadores no han sido tan afortunados como yo”, admitió quien llegó a ser un destacado asistente de los Chicos Malos de Detroit que dejaron su sello a fines de los años 80. Pero, claro, el fuego interior que Michael mostró por la profesión, luego de dejar de jugar –fue base en el secundario Worcester y la Universidad de Loyola- no pudo ser apagado por el raciocinio de Brendan. “Demasiado apasionado para escuchar mi consejo”, bromeó Brendan. “Ha mostrado talento para esta carrera. Trabaja duro, es inteligente y se preparó”, agregó quien, a los 78, sigue la carrera de su hijo desde el retiro como DT. De las tantas cosas que Michael le reconoce al padre, lo principal es lo que le enseñó sin darle consejos. “Al verlo trabajar cada día lo principal que aprendí que es que los técnicos son más que eso. Son maestros. Y eso lo he llevado en mi corazón. Muchos pueden dirigir y decir a alguien lo que debe hacer. La clave es decirle por qué debe hacerlo…”, reflexionó en una nota en 2016.

Tenía 32 años cuando Michael recibió otra de las llamadas que cambiarían su vida: era de los Knicks, el famoso equipo de su ciudad. Era el sueño del pibe. Llegar a la NBA, la meca del básquet, el lugar donde su padre había pasado tantos años y que él había frecuentado. Pero, claro, ahora como verdadero protagonista. Y en su propia ciudad. “Por supuesto que fue como el sueño del pibe”, resumió sobre aquella propuesta para sumarse como entrenador asociado, haciendo un poco de todo (scout, video y desarrollo de jugadores). Tan buena impresión causó que, a los meses, pasó a asistente. Casi cinco años estuvo en la Gran Manzana, viendo pasar cuatro head coaches y sufriendo la decadencia de una franquicia histórica. En 2005, decidió cambiar de aires cuando Cleveland apareció en el horizonte, con LeBron surgiendo como la nueva estrella de la competencia. Vio cómo despedían a Paul Silas y cómo Mike Brown tomaba las riendas a partir de la llegada del GM Danny Ferry, ambos provenientes de los Spurs de Gregg Popovich. James, en la cancha, y Brown, desde el banquillo, enderezaron la nave que compitió con los mejores y llegó a la final NBA del 2007 –fue hundida por los Spurs de Manu-. La experiencia en los Cavs duró hasta 2010, cuando primero pasó a los Hornets y luego a los Warriors, que ya tenían a Steph Curry y Klay Thompson y así empezarían su ascenso hasta la gloria (tres títulos en cuatro años). Claro, para cuando llegó el primer título (2015), Malone ya no estaba…

Mike Malone LeBron James
Mike Brown, Malone, Drew Gooden, LeBron James y Zydrunas Ilgauskas en Cleveland Cavaliers (Foto: Ed Suba, Jr. /Akron Beacon Journal/KRT)

Era el 3 de junio del 2013 cuando le apareció la chance de su vida. Los Kings de Sacramento llamaron a la puerta (en realidad, a su teléfono móvil) y le ofrecieron el cargo de entrenador en jefe. Fue Vivek Ranadive, el multimillonario empresario hindú-estadounidense que meses atrás había pagado 535 millones en la compra de la franquicia. Ranadive era dueño minoritario de los Warriors hasta ese momento. Allí conoció a Malone y quedó impresionado con sus capacidades. El empujón que faltaba, dicen, se lo dio el mítico Jerry West, el ejecutivo que tiene fama de tener un ojo clínico. Así fue que Malone, quien también sido candidato para la vacante del puesto en los Clippers, no sólo logró un sueño de vida. También se aseguró 9 millones de dólares por un contrato de cuatro años. Como por si fuera poco, semanas después, logró otro anhelo personal: fichó a su padre como asistente, convirtiéndose así en la primera dupla de padre e hijo que dirigirían en un cuerpo técnico de la mejor liga del mundo. Brendan se sumó a los 71 tras un año inactivo y 45 años en los bancos de suplentes del básquet estadounidense.

Pero el sueño duró poco. La primera temporada tuvo un saldo de 28-54, mismo récord que el despedido Keith Smart, pese a tener un trío potente formado por Isiaiah Thomas, DeMarcus Cousins y Rudy Gay, quien promediaron 63 puntos por partido en la campaña. El comienzo de la siguiente no había sido malo (11-13), comparado a lo anterior y por encima de las predicciones de los especialistas, pero tras esos 24 partidos a Ranadive se le fue el amor. Las diferencias se hicieron grandes (el hindú quería más anotación y juego ofensivo, mientras Malone enfatizaba en defensa) y Michael resultó despedido. El coach recuerda bien aquel día, un 15 de diciembre de 2014, no tanto por el golpe para él, quien tal vez lo veía venir, sino para sus hijas. Ambas lloraron desconsoladamente cuando su papá les avisó que lo habían echado de su cargo. “Tuve que explicarles que así era mi profesión, aunque no fue fácil. Ya estaban adaptadas a la ciudad y tuvimos que irnos”, recordó hace poco en un repaso de su carrera.

Brendan Malone LeBron James
Brendan Malone y Lebron (Foto: Reuters)

Su revancha le llegó en 2015, cuando los Nuggets lo fueron a buscar como técnico principal luego de una temporada mala (30-52) con un cambio de entrenador a mitad de la campaña. Hacía pocos meses, la franquicia había sorprendido con la elección en segunda ronda (pick #41) de un serbio con mucho talento pero un físico muy lejos de los atletas que se ven en la NBA. Ese jugador era nada menos que Nikola Jokic, una de las máximas estrellas de hoy. En ese momento tenía 20 años pero Malone ya vio lo diferente que era y le dio 22 minutos por juego. Aquel equipo ganó 33 partidos, sólo tres más que en la 13/14, pero empezó a verse un futuro… A la siguiente campaña fueron 40, quedando a un paso de los playoffs, con un equipo que sumaría a la otra gran figura de la actual, el canadiense Jamal Murray, elegido en el puesto #7 del draft 2016. Para la 17/18, los Nuggets se transformaron en un equipo de cuidado en el Oeste y, por primera vez en seis años, llegaron a un récord positivo (46-36) y a la postemporada. Ya se habían juntado Jokic, Murray, Willie Barton, Gary Harris y Paul Millsap, la columna vertebral de hoy en día con la que Denver busca volver a pelear el título.

Malone-Jokic, la dupla clave de los Nuggets (Foto: Reuters)
Malone-Jokic, la dupla clave de los Nuggets (Foto: Reuters) (Kim Klement/)

Su última apuesta fue, justamente, el base de nuestra Selección. Malone admitió estarlo siguiendo hace un par de años, destacó sus intangibles –la pasión, intensidad y falta de miedo con la que juega-, la defensa y la capacidad especial de ejecutar la jugada del pick & roll (cortina y desmarque, el 2vs2 tan de moda hoy en día). Explicó que, por ahora, no puede darle tanto la pelota en las manos como las características de Campazzo requieren-ni los minutos que podría, aceptó que tal vez no lo use de la forma que más le conviene al cordobés, pero da indicios de que esto puede ir cambiando, más temprano que tarde. Por lo pronto, con gran paciencia, mentalidad y profesionalismo, Facu se la banca sin chistar y busca adaptarse a un rol menos conocido en su carrera. Y rinde igual, suma para un equipo que viene teniendo un rendimiento irregular –quinto en la conferencia– luego de ser finalista en el Oeste durante los últimos playoffs disputados en la burbuja de Disney y que Malone busca encaminar, en su sexta temporada al mando de los Nuggets.

El coach lo logró. Con capacidad, trabajo, sacrificio, paciencia y lucidez pudo abrirse pasó entre los grandes DT y sorprendió a más de uno. Una vida de superación, de nunca renunciar a los sueños. Todo sin dejar de ser el mismo de siempre. “Soy un tipo común. Manejo mi camioneta y me gusta divertirme pero sin dejar de trabajar duro. El deporte es importante, el básquet es mi pasión, pero en definitiva lo principal es ser el mejor esposo y padre que pueda ser”. La tiene clara, Michael. El camino no lo ha cambiado, sólo ha ratificado las convicciones de dedicarse a lo que más amaba desde chico.

Malone con Jamal Murray y Facundo Campazzo (Foto: Reuters)
Malone con Jamal Murray y Facundo Campazzo (Foto: Reuters) (Isaiah J. Downing/)

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