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Lucas Castromán, del sueño frustrado de jugar un Mundial a retirarse joven por estar harto del fútbol: “Pasé 4 años sin mirar un partido”

Lucas Castromán
Lucas Castromán junto a su padre Carlos Eduardo (el "Gordo"), que soñaba con ser futbolista hasta que se rompió una rodilla en los 60 (Instagram @Castromanlucasm)

Van nada más que 6 minutos de entrevista cuando la cabeza de Lucas Castromán se traslada imaginariamente a su infancia de manera tan real que no puede evitar que se humedezcan sus ojos por emoción y nostalgia. Hoy saborea la vida por los pergaminos que dejó en el fútbol, pero supo vivir de cerca la crudeza de una época en la que por la noche la cena era mate cocido y lo que le sobraba al panadero vecino, o había que amucharse en una cama entre hermanos para combatir el frío invernal que se hacía sentir en Villa Flandria, partido de Luján. A él no se la contaron. Inconscientemente fue haciéndose fuerte de la cabeza para responder adentro de una cancha.

Guarda el mejor recuerdo de su infancia. Extraña las extensas charlas con sus abuelos y rezar con ellos, algo impensado para los vertiginosos tiempos tecnológicos de la actualidad. Así y todo trata de inculcarles el valor de cada cosa a sus hijos. Se identifica con Batistuta, que hace un tiempo contó que hacía trabajar a su hijo para que no le cayera todo “de arriba”, y replica la idea con el suyo de 16 años.

Tuvo padre e hijos hinchas de Gimnasia La Plata por los orígenes de la familia con esa ciudad. Una abuela que era de Independiente, un abuelo de San Lorenzo. Su esposa es de Vélez; su madre y un tío que le regalaba pelotas, de Boca. “Si me preguntás de quién soy hincha, digo de Flandria, porque nací ahí. Pero no odio a Luján, lo amo también. ¿Y Alem? Ojalá jugara en Primera. Soy una persona que se emociona cuando le va bien al otro también. Nunca sentí rivalidad con compañeros ni colegas. No me entra en la cabeza que se maten en una cancha ni que las familias se dejen de hablar por el color de la camiseta”, dice. ¿Sus hijos? Salieron de River. Argumenta que él trata de que elijan su camino y sean conscientes de sus elecciones. Desde el fútbol hasta la política.

Supo del lujo europeo y llegó a mudarse a la Capital Federal cuando ya era futbolista, pero a su Luján natal no la cambia por nada. No soporta el estrés que le genera el tránsito y se inclina por el verde y el arroyo del barrio donde reside para despejar su mente. “Siempre tomé la actividad como un laburo. Disfruté mucho más de chico, cuando era un juego y no había dinero, poder, irregularidades y todo lo que lamentablemente tiene el fútbol de hoy”, es el anticipo de una charla en la que explicará por qué pasó de estar a punto de disputar una Copa del Mundo a asquearse de su deporte predilecto, al punto tal de retirarse con 30 años.

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Una foto con el Mono Navarro Montoya junto a varios amigos tras un entrenamiento de Boca (Instagram @Castromanlucasm)

— ¿Cómo llegaste a las inferiores de Vélez?

— A los 12 años arranqué el industrial en Luján, donde hay una liga en la que podés jugar hasta esa edad. Si no vas a Luján, Flandria o Alem, te quedás afuera de todo. Me llamaron para hacer una prueba con la Octava y Novena de Vélez porque querían ver a un compañero más grande que había jugado conmigo en la Escuela Menotti. Yo hacía uno o dos años que no jugaba, pero fui igual e hice un golazo tremendo en el final del partido. Salvador Toto Calvanese se acercó y me dijo “¿venís a jugar a Vélez o sos cagón?”. Ni mi viejo me había hablado así en mi vida. Yo le dije que sí con seguridad y temblaba cuando le conté a mi vieja. Al siguiente fin de semana jugamos un amistoso en Pergamino. Fui de titular y a los 5 minutos empecé con retorcijones de estómago. Estaba literalmente cagado. Antes del viaje había desayunado tostados, café con leche y medialunas en el club. Y como tengo el mal del viajante y me mareo si no tomo algo o voy sentado al lado del conductor, fui corriendo al baño. Pensé “chau, perdí la oportunidad de mi vida”. Pero Calvanese por suerte me volvió a poner, entré livianito y desde ese día jugué todo el año en Octava, Séptima y Sexta, hasta que me subió Bielsa a Primera.

— ¿Cuál fue la primera impresión que tuviste del Loco Bielsa?

— Hace poco me enteré por Gabriel Macaya, que era su preparador físico, que me descubrió en un partido de Sexta. Justo pasó por al lado de una cancha en el Polideportivo de Vélez y vio que recuperé una pelota en el área de mi equipo, llegué a la otra e hice el gol. Ahí me preseleccionó en un grupo de jugadores de Cuarta, Quinta y Reserva para jugar contra los que no hacían fútbol de la Primera. Yo era el único de la Sexta. Me habían dicho que Marcelo era un tipo difícil y estaba peleado con los grandes que habían ganado todo en Vélez, esa era mi data. Mi apreciación personal al conocerlo a él y su cuerpo técnico fue que era un fuera de serie. Yo no tenía precedentes con entrenadores de Primera y cuando conviví con él pensé “si todos los técnicos son así, en dos años dejo el fútbol”, por la intensidad, la vorágine, lo que te enseñaba. Me tocó vivir la mejor etapa de él, la de ese Bielsa que pudo convencer a los cracks campeones del mundo del plantel para obtener el Clausura 98. En seis meses pasé por la procesadora de Bielsa y los campeones del mundo, absorbí todo y era un pibe de 17 años con la experiencia de un tipo de 40. Con esos monstruos aprendí todo en un semestre. Ahí entendí que la carrera tenía que ser vertiginosa: jugar en los mejores equipos y ganar la mayor cantidad de guita que pudiera. Y no quedarme en un club solo porque me pagaran sino devolverle algo. Eso hice en todos los equipos que estuve. Cuando no me hallé, levanté la mano y dije ‘no sigo’. Nunca quise frustrarme ni ser una carga. O que el día de mañana me cerraran la puerta en algún lado.

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Castromán festeja junto a Pandolfi ante Argentinos Juniors (Fotobaires)

— ¿Guardás alguna historia o anécdota con el Loco Bielsa en Vélez?

— Sí. Me acuerdo que había jugado muy mal un partido contra San Lorenzo. Jugué con fiebre, no quise decir nada para no perder la oportunidad, me agarró Federico Basavilbaso y me pegó un paseo tremendo. Ya sabía que el lunes venía la cagada a pedos. Me llamó y me hizo caminar desde la cancha del Polideportivo hasta el patinódromo que está al fondo de todo. Me habló media hora y recuerdo patente que dijo “yo le puedo permitir que quiera pasar a dos y le saquen la pelota, que quiera hacer un caño y la pierda, que elija mal una opción de pase y falle, lo que no le voy a permitir es que no me corra, ¡carajo!”. Se dio vuelta, agachó la cabeza como hace él y se fue caminando a velocidad. Ya sabía que todo lo que pudiera contestarle era una excusa. El tipo entendía, leía, era empático, se ponía en la situación y quería lo mejor porque sabía que tenías algo. Puedo hablar de Bielsa la vida entera porque es un tipo que me enseñó hasta noviembre pasado cuando me llamó por teléfono.

— ¿Cómo fue ese llamado?

— Le había escrito un mail hace años que nunca le llegó. Nunca quise hablarle por miedo a que me malinterpretara o pensara que quería trabajar con él. Le di mi teléfono a un amigo que tenemos en común y le pedí que le dijera que, cuando tuviera un rato libre, me llamara. Después de 20 años, quería hablar diez minutos con él y agradecerle, no me quería ir de esta vida sin hacerlo. Cuando escuché su voz en el teléfono no sabía qué decirle. Me contó que tenía pensado llamarme pero adelantó el contacto porque me había puesto en una formación del Leeds. Estaba armando el equipo y vio que había algo raro en el pizarrón, llamó a uno de sus asistentes y este le dijo “¿quién es Castromán?”. Por las características de juego, me había confundido con Jack Harrison. Una anécdota hermosa. No cuento esto para decir “me llamó Bielsa” porque para mí es el mismo Marcelo que me subió a Primera, no el técnico del Leeds o el que estuvo en la Selección. La prioridad es la persona, es lo que me enseñó él. Que se tome unos minutos para llamarme, un día antes de un partido importante, con sus quilombos y dirigiendo en Inglaterra, me hizo muy bien. Espero que lo que le dije le haya hecho bien a él también.

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Lucas Castromán en una de sus convocatorias a la Selección de Bielsa (@fotobairesarg)

— ¿Te quedó la frustración de no haber podido ir al Mundial de Corea-Japón con él?

— Me fisuré dos vértebras en el último partido del campeonato en Italia (ya jugaba en la Lazio) y no llegué a hacer la pretemporada que hizo la Selección en Roma. Tiempo después comprobé que me perdí el Mundial por esa lesión. Tenía un mes de recuperación para que soldara el hueso y a esa altura el Mundial iba a estar por la mitad. Había una lista en la que quedaban 3 ó 4 nombres afuera y al final subieron al Turco Husain. Yo solía viajar con el Cholo Simeone, el Piojo López, Crespo y Verón. Tuve esa suerte de que Bielsa me viera en inferiores y me subiera a Primera y esa mala suerte de lesionarme antes del Mundial. El paquete que trae el fútbol.

— ¿Qué pasó con Pekerman después? Vos estabas en uno de los mejores momentos de tu carrera antes de Alemania 2006…

— Entre 8 y 10 futbolistas de Vélez tendríamos que haber ido a la Selección después del torneo que ganamos en 2005, pero (Julio) Grondona y (Raúl) Gámez tenían un tire y afloje por la AFA. José me llevó a un amistoso contra México y me puso de 4, cuando yo ya era delantero, mediapunta, extremo. Me mandó a marcar al 11 mexicano (NdeR: Ramón Morales) que era una bala y no lo podía parar. Entendí que quedar mal en ese partido iba a significar no estar más convocado, entonces en el entretiempo le pedí que me sacara. Esto no lo dije nunca. José me había tenido en la juvenil del 99 y sentí que podía expresarle mi parecer. Estaba defendiendo los colores de mi Selección y quería hacerlo bien. Le dije que no estaba jugando en mi posición, que por ahí se había quedado con el Castromán de 17 ó 18 años que podía jugar de 4 y que ahí no podía jugar. Preferí decirle la verdad y salí. José lo entendió. Obviamente eso hizo que no me citara más.

— ¿No te arrepentiste de haberle dicho que te sacara ese partido?

— No, era lo que sentí que pasaba. Iba a jugar mal, íbamos a tener un jugador menos y, por ende, a perder un partido que yo no quería perder. No me sentí cómodo, se lo hice saber y fue simple. No es que me hirió el orgullo poniéndome ahí porque estamos hablando de la Selección. Cualquiera muere por esos colores. Pero me di cuenta de que no iba a tener lugar. Había presión mediática y en esa posición no iba a rendir. Te ponían 4 de puntaje en tres partidos e iban a decir “este no está para el Mundial, se cagó en la Selección”. Leí ese contexto. Me inmolé de 4 porque quería estar, pero me di cuenta de que no podía dar lo que estaba dando. Preferí perderme la posibilidad de estar otra vez en la Selección y viajar a un Mundial priorizando al resto. Si hubiese pecado de exitismo y querer pertenecer, hubiera salido al segundo tiempo a pararme de delantero y que marcara otro, pero no me enseñaron así. En mi esencia estaba sentarme y decir la verdad. ¿No estoy en la lista? No hay problema, no hay que hacer una pantomima o mostrarle al periodismo si era el mejor jugador del fútbol argentino, que estaba en todos lados, que me llamaban para hacer publicidades, que una marca deportiva tenía de cara internacional a Messi y en Argentina a mí. Conozco las reglas que hay en el fútbol y me fui. Pensé que ahí no servía, no era útil. Ya está, no se pudo. Sin rencores. A José lo veo y lo abrazo, hablo como con todos los técnicos que me tuvieron. Lo único que no tengo en la vida es envidia, rencor ni necesidad de ser más que el otro.

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El partido contra México en el que le pidió a Pekerman que lo sacara en el entretiempo (NA)

En el año 2000, Castromán fue fichado por la Lazio cuando emergía como una de las grandes promesas del fútbol argentino. Luego de tres años en la entidad romana, fue Luciano Spalletti el que lo adelantaría en el campo para utilizarlo como extremo durante su préstamo en Udinese. Cuando retornó a Vélez en 2004 su lugar en la cancha fue una novedad que terminó siendo explotada por Alberto Fanesi y Miguel Russo. Antes de desembarcar nuevamente en Liniers, el hoy aspirante a entrenador tuvo un fuerte entredicho con Roberto Mancini en el equipo romano.

— ¿Por qué te fuiste de Lazio y volviste al fútbol argentino si parecía que estabas bien en Europa?

— Me fui de Italia por (Roberto) Mancini. Como persona, éramos el agua y el aceite, no teníamos nada en común. Él estaba más interesado en lo económico y tomarse atribuciones como dirigente del club además de entrenador. Hubo una cuestión política y me planté. Habían armado un acuerdo entre Lazio y Udinese: venían Alberto, Pizarro y Jorgensen e íbamos a Udine Fabio Liverani y yo. Recién había vuelto de una gira con la selección de Bielsa y llegué una semana más tarde a la pretemporada. Percibí cosas raras y hablé con el manager, que me dijo que estaba decidido, que me iba. Fui a hablar con Mancini y me dijo que yo le servía porque no tenía recambio e íbamos a jugar por el ingreso a la Copa UEFA. Se lo comenté al manager y me respondió que yo no le iba a tirar para atrás la negociación. El plantel se fue 20 días de pretemporada a Inglaterra y yo quedé colgado entrenando con la Reserva. Se rompió la rodilla el brasileño César y, a dos días de jugar contra Benfica de local para entrar a la UEFA, Mancini me dio la pechera para jugar con los titulares 20 minutos. Ya había probado a todos y ninguno le había rendido.

— ¿Y cómo anduviste en la práctica?

— En mi vida tuve un mejor partido que ese. Ni cuando me vio Bielsa para subirme a Primera. Gol, asistencia, gané, trabé, luché, corrí. Todo. Cuando nos íbamos al vestuario escucho que de atrás me empieza a llamar Mancini. “¡Lucas!, ¡Lucas!”. No me di vuelta porque le iba a decir cualquier cosa, pero a la sexta vez que me llamó, lo fui a encarar. Me dijo que me había visto bien y que me preparara porque iba a jugar de titular. Me saqué la pechera, la hice un bollo y se la tiré en la cara. Lo insulté en español, italiano, árabe, chino, inglés y portugués. Le dije que con él no iba a jugar de ninguna manera, que se pusiera la pechera y jugara él. Que yo era una persona y me había tratado como objeto. Que así no iba a trabajar más con él porque yo no era la basura de nadie.

— ¿Qué te respondió?

— Nada, silencio total. Estábamos solos porque el resto se escapó. Yo tenía 24 años, era un pendejo. El tipo nunca esperó que tuviera ese arranque. En el vestuario me largué a llorar de impotencia. Vinieron Nesta, el Cholo Simeone y varios a consolarme y preguntarme qué había pasado. Les dije que me iba porque me había peleado con el técnico. Me dijeron que estaba loco, pero les pedí disculpas y les hice entender que no estaba apto para rendir con este tipo. Ahí llamé a mi representante y le dije que me sacara del club. Que llamara a Gámez para avisarle que volvía gratis a Vélez. Que hiciera lo que tuviera que hacer. Imaginate el quilombo que armé. Era fácil quedarme tres años allá con Mancini cobrando en euros, acusando lesiones, haciéndome el tonto. Pero si pensaba así a esa edad, ¿qué me quedaba para cuando tuviera 30? Ahí no se dio lo de Vélez y me fui a Udinese, con el que le hice un gol a Lazio y se lo dediqué en la cara a Mancini. Declaré que había sido para un masajista que estaba en el banco, pero fue para él, obvio.

— ¿Es cierto que en Vélez tuviste un cruce con Ricardo La Volpe?

— Yo no estaba de acuerdo en un montón de cosas con él. Sentía que estaba acostumbrado a dirigir al jugador mexicano, que es más sumiso y tranquilo. Arrancaba el entrenamiento a las 8 de la mañana con el profe, eran las 9.30 o 10 y él todavía no había llegado. El profe ya no sabía qué hacer. Yo, en posición de referente con otros como el Gato Sessa y Fabricio Fuentes, vimos que el grupo estaba cansado y que esas situaciones son las que podían llevar a un técnico a irse. No porque lo fueran a echar los jugadores, sino porque se mueren las ganas y el amor del grupo. Escuchaba que mis compañeros se quejaban porque venía tarde, porque fumaba en la cancha, porque no se sabía el nombre de algunos compañeros. Me inmolé por el grupo y fue un error. No todos me respaldaron.

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Durante su segunda etapa en Vélez tuvo un entredicho con Ricardo La Volpe (Fotobaires)

— ¿Qué fue lo que pasó exactamente?

— Él estaba hablando en un entrenamiento y le pedí permiso para decir algo. Le comenté esta sensación general de disgusto y las cosas para mejorar. Hoy en un plantel se habla y el técnico tiene más tacto. Antes era “hacé lo que te digo y, si no, andá para afuera”. Le expliqué que había cosas que del otro lado no gustaban y muchos no se animaban a decirle. Quería cortar esa brecha y unir para el mismo objetivo. Sintió que lo estaba enfrentando y que era una crítica destructiva, no constructiva. Enseguida le empezó a preguntar a los compañeros más jóvenes si estaban cansados. ¡¿Qué le iban a decir los pibes?! Y hubo algunos grandes que también: 5 minutos atrás me habían dicho a mí que estaban muertos, que se aburrían, que era un bodrio hacer una hora y media de táctico porque no servía para nada y después le dijeron a él que estaban bien. Ahí pensé “para qué me meto”. No me arrepiento porque lo hice en pos de mejorar. No tuve otra diferencia con esa con Ricardo. Después me lo crucé en un aeropuerto, hablé y hasta me regaló un libro.

— ¿En América de México te marcó la expulsión en la final de la Sudamericana 2007 contra Arsenal?

— Había hecho una entrada en calor de 75 ú 80 minutos y todo ese enojo y bronca que tenía con el técnico (el argentino Daniel Brailovsky) lo despotriqué contra el árbitro. Me fui expulsado en menos de un minuto y medio con la final perdida. Le pedí disculpas por putearlo (al paraguayo Carlos Amarilla) y por haberle dicho que le habían puesto guita y no sé qué otra barbaridad. Le expliqué que estaba con las pulsaciones a mil. Me entendió y me dieron solo dos fechas. Para mí esa final la perdió nuestro técnico. Y los futbolistas, obvio, entre los que me incluyo. Que no te levanten una bandera o te cobren un penal raro son cosas del fútbol. Pero a mi criterio el técnico tendría que haber hecho cambios antes. Puede ser que haya habido alguna cosita a favor de Arsenal, pero fue meritorio su triunfo. La autocrítica tiene que estar siempre.

— De ahí te fuiste al Boca de Carlos Ischia, al que ya conocías de antes…

— Carlos me dejaba entrenar en Vélez cuando yo estaba de vacaciones en Argentina y siempre me decía que quería dirigirme. Tuve todo su apoyo y el de Pedro Pompilio, pero la política hizo que no tuviera posibilidades. Yo casi no jugaba, me inventaban lesiones. Un día lo encaré a Carlos y le pedí que me dijera lo que pasaba. Que prefería que no me llevara más a concentrar para jugar 5 minutos. Que si era necesario terminaba el contrato y me iba. Prefería entrenarme en la Reserva y pasarle datos de los juveniles. A Ischia le agradecí porque, sin decirme nada, me dio esa opción y me dijo todo. Si yo hablaba de esto en ese momento armaba quilombo, pero opté por no hacerlo.

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En 2008 tuvo un paso fugaz por Boca, de donde no se fue bien (NA)

— ¿Cómo fue integrar un vestuario con nombres tan pesados?

— Ni en tu propia familia todos se llevan bien con todos. Imaginate en ese vestuario con 10 ó 15 tipos de carrera y personalidad fuerte. Dentro de la cancha todos sabían que si no se la pasaban, perdían prestigio y guita. Sí era un vestuario más complicado porque es Boca, que es igual o un poquito más picantón que el de River. En Vélez se han agarrado a trompadas compañeros y por ahí salieron dos líneas en el diario. La prensa en Boca y River es más amplia que en cualquier otro equipo. Te sacaste un moquito y terminan diciendo que tenés coronavirus, a ese nivel. ¿Nos llevábamos todos bien? Ni en pedo. ¿Todos mal? Tampoco. Yo tenía mucha más afinidad con Palermo, Battaglia, Caranta, Migliore y Pochi Chávez que con Riquelme y el Negro Ibarra, que eran más serios. Pero no era cosa de estar en un bando u otro. Cada uno tiene su personalidad. Yo jugué dos partidos en Boca y cuando salía del entrenamiento me quedaba media hora firmando autógrafos porque para mí era lo más lindo, pero había colegas que corrían la camioneta de un lado a otro para no cruzarse a la gente. Román tiene su personalidad, la muestra y la conocen todos. Martín (Palermo) tiene otra. Palacio era crack en Boca, se subía a un micro y se iba a Azul. Se filtraban cosas porque es Boca, pero normalmente se hablaba todo y se discutía a la cara. Si en algún momento Román me dijo algo, le devolví lo que pensaba. Si lo hizo Palacio, también. Todos teníamos voz y voto. Era un grupo hermoso, obtuvimos el campeonato y la Recopa. Si no, no ganás. Puede estar enojado uno con otro por el ego, pero el que es inteligente va al bien común. El que no, se queda afuera. Todo eso se habló y dejó claro para que ganáramos.

Castromán rescindió su contrato con Boca en el año 2008 antes de acordar su arribo a Racing, último club en el que militó como profesional. Ese fue el principio del fin. Tras su salida de la Ribera quedó envuelto en un litigio entre el Xeneize y el Birmingham inglés, entidad con la que había llegado a un preacuerdo para fichar cuando estaba en México, pese a no haber llegado a viajar ni hacerse la revisión médica. Hoy el ex jugador está inhibido porque Boca le hizo un juicio en lo civil pese a que hasta declaró a su favor ante el TAS. Boca hizo “solidariamente responsable” a Castromán, que denunció amenazas, por una causa que viene desde 2016 y continúa con su curso.

Siempre tuvo pensado colgar los botines a los 30 años, porque cuando arrancó como profesional se percató del ambiente, las situaciones oscuras y el estrés que generaba la carrera de futbolista. Inclusive pudo haberse precipitado el retiro por el disgusto que le generó su despedida de Boca, pero sonó el teléfono y del otro lado estaba Racing.

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El último club profesional de Castromán fue Racing de Avellaneda (NA)

— ¿Fue un lindo cierre de carrera terminar en un club como Racing?

— Racing me encendió. Había jugado la Promoción por el descenso con Belgrano e iba a arrancar dos años de mierda para remar en dulce de leche. Pensé que no podía desaprovechar la oportunidad. Encontré una institución devastada, destrozada, sin duchas, sin ropa, sin merienda. No le pagaban a la gente, imaginate las caras que veías cuando llegabas a entrenar. Había chicos con hijos que no cobraban y no tenían para comprar pañales. Dios me puso en ese lugar por algo. No tenía que rendir solo futbolísticamente sino que tenía que dejar algo. Llegó el Ratón Ayala, uno de los poquitos amigos que me dejó el fútbol, y fuimos uña y carne. Con la gente y dirigentes que eran hinchas empezamos a construir y ayudar. Se apoyaron mucho en el Ratón, Campagnuolo, Pepe Chatruc y yo. Ahí empezamos a crear el Racing que vemos hoy. En ese momento era ilógico pensar en salir campeón en los siguientes 30 años. Nadie confiaba en nadie, nadie ponía un peso. La confianza hizo que empezáramos a crecer. Yo les hablaba a los chicos y creía que ni me daban bola, pero hoy Bruno Zuculini me manda mensajes y me agradece por las charlas que teníamos. Es lo más lindo que me pudo dejar el fútbol, con eso me retiré.

— ¿Cuándo tomaste la decisión definitiva de dejar el fútbol?

— Ver ahora ese Racing que tiene que ser y no el que habíamos encontrado es haber cerrado un ciclo. En ese momento tenía comentarios del juicio con Birmingham y que iba a tener problemas con Boca, entonces dije “me voy del fútbol, arréglense”. A la quinta o sexta sesión con el psicólogo me dijo que si quería me iba a seguir atendiendo, pero que era claro que no quería jugar más. Y apliqué una enseñanza de Bielsa, que decía que cuando uno no está preparado para dar lo mejor, se tiene que ir. El último año ya no me transpiraba el pie cuando me vendaba. No quería tirar a la bosta una carrera decorosa. Terminé bien, sin descensos, con campeonatos, con paso por los mejores clubes, por la Selección, dichoso… Veía que ex futbolistas no se podían bajar de la cama, que no podían jugar con sus hijos a la pelota porque muchos creen que somos máquinas, pero somos personas. Hay una vida útil y yo la había cumplido de los 17 a los 30 años. Decidí colgar todo y alejarme bastante para sanar un montón de cosas que hoy sané y por eso me gustaría volver a entrar.

— ¿A qué dedicaste tu tiempo una vez que le pusiste punto final a tu carrera?

— En los primeros 3 ó 4 años le escapé totalmente al fútbol. Desde jugarlo hasta entrenar, pensarlo y mirarlo. Nada. Me enteraba que salía campeón Vélez porque me avisaba un amigo o familiar. “Ah, mirá que bueno”, les decía. Me comentaban cosas de partidos y yo ni siquiera sabía quién había jugado. Hasta ese punto de hartazgo llegué con el fútbol. De a poco empecé a pensar que los chicos no tenían la culpa de las cosas malas que tiene el deporte y para cambiar eso tenía que formar personas, inculcarles lo que viví. De chico a mí me era fácil gambetear y hacer goles, pero tenía compañeros que sufrían y lloraban, se frustraban por no poder jugar bien.

Un chico no puede sentirse inútil por eso. Quería armar una Escuelita de Fútbol distinta. Lo primero era silenciar a los padres, que no es fácil, porque creen que saben más que cualquier técnico. Y las madres también, algunas son heavy. Ojo, uno puede ayudar a los chicos, pero los tenés una hora por día, la educación parte de la casa, donde están las otras 23. Me encontré con Daniel Peralta, un chico que jugó en el ascenso y me sumé a su proyecto. Trabajamos un año y abrimos otras escuelitas porque vimos que había capacidad para hacerlo.

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Castromán y Federico Arias esperan por una chance para dirigir (Instagram @Castromanlucasm)

— Dijiste que te gustaría volver de lleno al fútbol. ¿Sería desde el rol de entrenador?

— El año que viene termino el curso de entrenador. Hoy estoy en el cuerpo técnico de Federico Arias, uno de los amigos que me dejó el fútbol. Ya nos juntamos con varios equipos, pero muchos dirigentes hablan de la boludez de la experiencia. Y ahí los ves, echando a técnicos de experiencia que perdieron 9 partidos y ganaron uno. Con los casos de Gago y Pocho Insúa, Hernán Crespo y Erviti con Gracián quedó demostrado que la experiencia no hace a la voluntad y el profesionalismo. Hoy para dirigir un equipo no necesitás solo haber sido futbolista, hay un montón de herramientas más. Hay que entender de todo, si no estás en bolas. En el futuro también me gustaría ser presidente de alguno de los clubes por los que pasé. No pienso en eso ahora porque hay que dedicarle mucho más tiempo y todavía disfruto de mi familia, algo que hice en estos 10 años que hace que dejé el fútbol.

— ¿Cómo jugaría un equipo dirigido por Lucas Castromán?

— Es amplio hablar de una idea de juego. Podemos estar 7 horas. Hay que adaptarse a lo que tiene el plantel. Si me traés a Messi y Cristiano Ronaldo me cago de risa. Pero no es lo mismo tener cinco o una cancha para entrenar, 50 pelotas o una, cinco personas en el cuerpo técnico o tres. Depende dónde te encuentres te vas a achicar o agrandar. Lo importante es la convicción con la que uno desarrolle la profesión y para eso nos estamos preparando. Para un cuerpo técnico como el nuestro sabemos que es difícil insertarse nuevamente después de tantos años, pero confiamos en nuestras cualidades, en los vínculos que generamos en los años como profesional y en un cambio que se viene dando con técnicos jóvenes como mencioné anteriormente, de dirigentes con una mirada un poco más amplia que en mi época y hasta de los representantes, más allá de que siempre haya alguno con más nombre que otro.

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