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Jugó en Vélez, San Lorenzo y el Ascenso, marcó a Riquelme, pero dejó todo para ser sacerdote: “Dios es el único que te elige cuando estás roto y no te conoce nadie”

Sebastián Salimbene, figura en un triunfo clásico de Comunicaciones ante Lamadrid
La transformación del Bocha Salimbene: con la indumentaria de San Lorenzo, en Almirante Brown, y ya abrazado a la fe

“Dios pone las pelotas de Riquelme. Es milimétrico”, dice Sebastián Salimbene en la primera de sus varias analogías futboleras. Y martilla su sentencia con conocimiento de causa, desde el privilegio de haber mirado a los ojos a los dos. En sus épocas de mediocampista central técnico, “aunque era lento y no tenía quite” según su definición, el Bocha supo lidiar con la elegancia de JRR en intensos duelos de divisiones inferiores. Y abrazó la fe una vez que ofrendó sus botines. “Una de las cosas que me emocionaba y que me sigue emocionando, es que Dios quiera compartir con un tipo como yo algo tan sublime como su Ministerio”, cuenta el sacerdote de la parroquia Nuestra Señora de Luján de Villa Constructora, en La Matanza.

Sebastián puede jactarse de tener el “celular de Dios”, tal como se bromeaba con Carlos Bianchi (a quien vio explotar como DT mientras transitaba la cantera de Vélez), y también los del Roly Zárate, Juan Manuel Herbella o Diego Martínez, actual director técnico de Tigre y ex Godoy Cruz. Porque encarna uno de los pocos casos de futbolistas que luego de pasar por el mundo de la pelota cambiaron diametralmente de perfil y se convirtieron en clérigos.

“Hay un futbolista en Inglaterra, uno que fue compañero de Beckham (Philip Mulryne), y otro al que conocí, Sandro Airet. Incluso jugamos en contra, él pasó por Lamadrid. En su momento se armó un equipo de la facultad de teología, él atajaba, era una fiera, mide dos metros. Salimos campeones”, describe.

El Bocha Salimbene parecía destinado a jugar al fútbol. “Mi viejo no jugó en Primera, pero jugaba campeonatos de barrio, de la fábrica, y dejó de jugar cuando nací yo. Mientras estaba mi hermana, podía seguir jugando. Cuando nací yo, ya no podía ir tanto. Tengo fotos mías con 3 o 4 años, caminando, ya pateando una pelota”, ilustra. Dio sus primeros pasos en Huracán, donde un hito lo terminó de convencer de que el deporte le marcaba los pasos. “En la Supercopa 88 que sale campeón Racing, juega la semi con River en el Cilindro, y gana 2-1. Nosotros, con la categoría 78 de Huracán, jugamos el preliminar de ese partido; en ese equipo también jugaban Gastón Casas y Juan Manuel Fassi, que era primo de Teté Quiróz; por eso había como un lazo con nosotros y nos invitaron a jugar. La cancha estaba llena, imaginate, teníamos 10 años, entramos en ese túnel que tiene como 50 metros, y escuchabas a la gente. Pensaba: ‘Cuando salimos están los leones, dónde me estoy metiendo’. Y me dije ‘No puede ser que hay gente que vive esto todos los domingos’”, graficó aquel encanto.

Del Globo saltó a Vélez, donde llegó hasta Sexta División. Allí fue donde convivió con Roly Zárate, Eduardo Domínguez, Herbella, Aníbal Roy González, Darío Batalla y el lateral Hernán Maldonado, quien murió en 2005 en un accidente casero mientras jugaba en Atlético Tucumán. “Tenemos un grupo de WhatsApp con todos los compañeros y Maldonado es la foto de perfil. También estoy en contacto con la mamá”, apunta.

Sebastián Salimbene
Preliminar de la semifinal de la Supercopa 88, disputada por Racing y River en el Cilindro. Huracán fue invitado a medirse ante la Academia. Salimbene es el primero de los parados, a la izquierda. El último, en la misma línea, es Juan Manuel Fassi, quien pasó por Atlanta, entre otros clubes del Ascenso. Debajo suyo, agachado, Gastón Casas

Hasta ahí, al menos en apariencia, no había grandes vinculaciones con la religión para Sebastián. “Iba a la Iglesia de pibe; lo común. La familia te lleva a hacer la comunión, la confirmación; de chico rezaba un poco antes de dormir, y chau. Un tiempito más por ahí fui, había una canchita y jugábamos a la pelota”, cuenta. La foto lo mostraba como un joven aspirante a futbolista, con sus amigos en San Justo, el gusto por las salidas, los recitales de Los Redondos… Sólo en algunas actitudes, vistas en retrospectiva, hoy observa algunas señales del sacerdote que es hoy.

“Lo notaba en lo que le daba prioridad. Por ahí nos hacían correr una hora de fondo. Y capaz iba charlando con un compañero y llegaba 10 minutos más tarde que el resto porque bajábamos la marcha para que me contara un problema. Y me quedaba pensando en eso. En algún punto, no quería eso de ‘primero lo mío, enfocarme solo en entrenar para llegar a Primera’, que sí lo notaba en los demás. Había algo de escucha, de priorizar el dolor y la dificultad del otro. Y también tenía cierta sensibilidad con la necesidad social”, se explaya.

Pero la pelota siguió mandando, pese a ciertos signos que asomaban en el día a día: “Me gustaba lo que era compartir. Por ejemplo, era el último que me iba del vestuario, mi viejo me renegaba por eso, porque me tenía que esperar, pero yo la pasaba bien, en los viajes, jugando… El fútbol me gustaba, pero tampoco me apasionaba. No era mi pasión. Me di cuenta de grande y me terminó de cerrar hablando con Adrián González (ex jugador de Boca, hoy ayudante de campo de Diego Martínez en Tigre). Me gustaba el ambiente, el vestuario, el clima, pero como profesión no me apasionaba. Y me doy cuenta de lo que lo apasionaba a él. Noté que todo lo que le pasaba a él a mí no me pasaba. Y lo empecé a descubrir con la vocación. Yo perdía un partido y a la noche me iba a bailar. Hay pibes que por ahí son tres días que no les podés hablar después de una derrota. Yo como volante no tenía tanto quite, y no decía ‘cómo mejoro eso, voy al gimnasio a la tarde’; tampoco lo hacía. Me quedaba con lo que tenía. Eso sí, cuando jugaba, jugaba a ganar”.

Del Fortín pasó a San Lorenzo, ya con edad de Quinta, tras superar una prueba. Ahí se sumó a un plantel con varios nombres que tocaron la élite, como el Pipa Estévez, Félix Benito o Claudio Morel Rodríguez. Pasó a ser suplente de Mirko Saric, entonces una de las máximas promesas del club, que luego se terminaría quitando la vida en 1999.

Tanto en Liniers como vestido de azulgrana, le tocó ponerle un freno al talento de un Riquelme que ya amenazaba con transformarse en leyenda en las inferiores de Argentinos. Claro, además estaba rodeado por otros juveniles de gran proyección, que en una jornada iluminada podían hacer sufrir al adversario de turno… Tal como le pasó a Salimbene.

“Me tocó enfrentar a Riquelme varias veces, en Infantiles e Inferiores. Jugaba con la 8 en la espalda, y como un segundo 5, suelto. Ahí recibía y hacía lo que quería. Lo he visto robar pelotas pisándola, con la suela. Cuando llegué a San Lorenzo, como me había estado probando, no había hecho bien la pretemporada. En la primera fecha del torneo tocó Huracán-San Lorenzo. Mirko fue titular. Y al otro partido me ponen a mí, con Argentinos. Yo pensaba, ‘justo me toca con esta gente’, me quería morir. Estaba Riquelme, había bajado a jugar Cambiasso, Lucas Gatti, Suchard Ruiz, era un equipazo. Y yo en el medio, ¿sabés lo que era? Me sacaron a los 15 del segundo tiempo porque estaba mareado, me tuvieron que ayudar a encontrar la puerta del vestuario”, recuerda con humor.

En el Ciclón tampoco halló lugar, y en Cuarta se mudó al club de su barrio: Almirante Brown, donde quedó en el umbral del salto a Primera. La Fragata militaba en la B Nacional. Y justo antes de dejar su nombre grabado en los libros del fútbol, la vocación hizo su primer acercamiento. Encendió la mecha y, pacientemente, esperó a que la llama alcanzara la pólvora.

“Tuve un par de episodios de ataques de pánico en Almirante. Se lo conté a mi mamá, y lo fui a hablar con el cura de la Iglesia a la que iba de chico, Marcelo Simpático se llamaba. Estuve charlando con él, después me llevó a casa en el auto, entró; mi mamá, que era religiosa, lo invitó a pasar y se terminó quedando a comer. Y hablamos un montón, de todo”, prologa ese primer contacto con la nueva vida que se le anunciaba.

“En un momento de la charla, me tira a quemarropas: ‘¿Vos no serías cura?’. ‘No, ni en pedo’, le respondí. Era un cura que me gustaba, me caía bien porque fumaba, puteaba, si tenía que tomarse una birra lo hacía… Yo le argumenté que no porque me gustaba el fútbol, salir, las chicas. Y me dijo: ‘¿Y a vos te pensás que no me gustan las mujeres? Lo que pasa es que lo conocí a Dios y me enamoré de él, de su proyecto. Por eso renuncio a las mujeres’. Tenía 19 años. A esa edad te parece que te la sabés todas. Y lo que me dijo no era una boludez. Me anunció algo positivo por lo cual dejaba lo que dejaba”, evoca el impacto que le provocó.

Sebastián Salimbene, figura en un triunfo clásico de Comunicaciones ante Lamadrid
Salimbene, con el Chavo Medina, con quien jugó en Almirante Brown y se convirtieron en amigos

“Cuando se fue, sentía un fuego y un ardor en el corazón que no sabía qué era. Como si hubiera estado hablando con Dios. No me podía dormir de la alegría que tenía adentro. Y pensaba que nos pasaba a todos los que habíamos estado presentes en la charla. Se lo pregunté a mi hermana: ‘¿No te sentís así?’ ‘No, ¿qué te pasa?’, me dijo. Pensé que estaba en toda la casa. Ahí Dios había dejado la semilla”, percibió.

Pero debía se regada cuidadosamente, aguardando a que germinara. “No la enganché ahí. Después de un par de meses de aquella charla, providencialmente, viene a dirigir a Almirante la misma gente que me dejó libre en Vélez, el cuerpo técnico que encabezaba Osvaldo Piazza. Los vi en la platea y me dije: ‘Qué raro esta gente acá’. Me enteré de que agarraban la Primera. Al otro sábado debuté con Almagro, me sacaron del fondo del mar. Dios había puesto la semilla, pero incluso tuvo la delicadeza de dejarme jugar en Primera”, relata.

En efecto, Salimbene tocó la élite en el club de su barrio, con los vaivenes de una institución con problemas en la tesorería y en lo deportivo. Tuvo continuidad, luego fue relegado y recuperó terreno. “Descendimos de la B Nacional a la B Metropolitana, en cancha de Morón. Fue muy duro, éramos muchos pibes del club, que venía de estar muy mal en lo económico”, remarca.

Le faltaba un capítulo para darle vuelta a la página de su vida. De Almirante se mudó a Agronomía: se sumó al plantel de Comunicaciones, en Primera C. Y su juego se encontró con el molde de la propuesta del entrenador Eduardo Pizzo, quien confió en él dándole la manija del equipo. “Fue mi mejor momento, porque por mi forma de jugar era medio resistido, por ser lento, no tener quite”, subraya. De ese Sebastián elegante, suelto, casi en el traje de un enlace, hay testimonio fílmico. Un video de su gran actuación en el clásico ante Lamadrid, en el que participa de los dos goles del Cartero.

“Hace poco un amigo me mandó el video, que está en Youtube, lo vi un par de veces, ganamos 2-0. Cuando hablo con Diego (Martínez), le digo que a mí no me daba para jugar en Primera. Y él me dice: ‘Hoy no sé, cambió mucho el fútbol’”, añade.

Hasta que llegó la que el ex volante define como la “etapa oscura”. Dos hechos y sus consecuencias lo condujeron hacia la escena de la llamada de la vocación. “Jugué cinco o seis partidos y me rompí la rodilla en un entrenamiento. Cuando el ligamento se corta en general se viene deshilachando. Las canchas duras del Ascenso te joden; hoy eso se modificó, pero en ese momento a las canchas las regaba Dios. Después de que me operaron, para fin de año hacía la rehabilitación y me agarró tendinitis. No podía correr, me dolía mucho, y para octubre además se enfermó mi vieja”, detalla.

Fue ahí que atravesó la experiencia que lo transformó. Vale la pena acompañar su relato en crudo, sin contaminarlo: “Me dicen que mi vieja puede morir en cualquier momento, y yo siempre me apoyaba en ella, desde lo emocional, en la contención. Y empecé a buscar el apoyo en Dios. Ella estaba internada, en terapia. Y apareció el más grande de todos. Volviendo en el colectivo, el 49, venía leyendo un cuento, traía la droga que tenía que ella aplicarse y empiezo a llorar. Y le pedí a Dios que me mostrara lo que quería, porque veía todo oscuro. Veía que el fútbol se me cerraba, tenía que ir a laburar de otra cosa y no sabía de qué, porque no tenía más que el fútbol. Y él me trae a la memoria esa charla que había tenido con el cura cinco años antes. Y empecé a sentir ese fuego que tenía en el corazón, pero mucho más fuerte. Dios me respondió. Me bajé del bondi, me sequé las lágrimas, fui y le dije a mi tía: ‘Dame un pucho, te quiero contar algo’. Yo quería hablar con el Papa a esa altura, pensaba, ‘¿a quién le cuento algo así’?. Lo empecé a buscar al padre con el que había tenido la charla. Le dejé una nota, fui con otro cura, tenía necesidad de ir a la Iglesia, de leer la palabra de Dios. Porque había una dualidad en mí, yo venía del palo del fútbol, las salidas, las chicas, e interiormente Dios me estaba pidiendo esto. Nunca me había sentido tan vivo. Era una voz interior que se había prendido y empezaba a conducirme”.

Aquello fue un primer envión de un camino espinoso. Le quedaba hablarlo con su familia, cambiar un chip moldeado desde pequeño. Desde que pateó por primera vez una pelota, había construido al Sebastián Salimbene futbolista. Ahora debía quitarle la camiseta, los botines, y reemplazarlos por una sotana. “Todo ese proceso duró un año y pico. Fui charlando con mis amigos, algunos se sorprendían más, pero otros no. Uno me dijo: ‘¿Sabés qué, boludo? No es tan loco esto. Yo que te conozco por dentro, no es tan loco’. Después lo hablé con mi viejo, con mi hermana y con mi vieja; le llegué a contar algo antes de que muriera. Temía que se preocupara, era religiosa, de ir a misa, de leer libros de espiritualidad. Ella quería que formara una familia, que me enderezara, aunque nunca se imaginó esto. Pero Dios supera las expectativas. Una de las cosas que me emocionaba y que me sigue emocionando, es que quiera compartir con un tipo como yo algo tan sublime como su Ministerio”, ofrece sus sentimientos más profundos.

Sebastián Salimbene, figura en un triunfo clásico de Comunicaciones ante Lamadrid
Sebastián, en Vélez, de pie, el primero a la derecha. A la izquierda, en la misma línea, encabeza Eduardo Domínguez, hoy entrenador de Colón. Junto al arquero, del otro lado, Darío Batalla. Y junto a él, Juan Manuel Herrbella. Abajo y a la derecha, el Roly Zárate

Aún convencido de su decisión y de la cita a la que había sido convocado, fue tan abrupto el cambio que tuvo que hubo un momento en el que se vio obligado a pulsar el botón de pausa. “Dios nos habla de la forma que podemos entender, y a mí me habla en términos futbolísticos, en pensamientos, algunos más luminosos de los que yo tengo habitualmente. Es un movimiento interior que viene de él. Hubo un momento muy difícil, cuando empiezo a estudiar, hago cuatro años, y me quiebro. Empiezo con ataques de pánico, y la psicóloga me dijo: ‘Pasaste de un planeta a otro, del mundo del fútbol a la Iglesia hay un abismo, saltaste sin ningún proceso’. Es que yo vivía sin horario, y cuando entré al seminario había horario para todo. Estaba todo tan digitado, estructurado, que lo banqué cuatro años y detoné. Y empezó un proceso profundo, duro. Y sentí que Dios me estaba haciendo hacer la pretemporada espiritual. Hasta que volví al seminario me llevó seis años. Los últimos dos años los laburé fuerte en lo social, en Villa Palito. Con tema delincuencia, violencia familiar, que está más acentuado en esos barrios. Y después, en Villa Celina, laburé otro un año. Fue una etapa de resocialización mía. Esos años en los que hice ese proceso, me costaba entrar a casa de mis amigos a tomar mate. Tenía que procesar cosas muy, muy profundas, me caían fichas de cosas del duelo que no había realizado bien de mi vieja, con la que tenía un vínculo muy fuerte. Se enferma en el año 2002, se agrava el cáncer, en ese tiempo tengo la experiencia del llamado, empiezo a responder poco a poco. Y al otro año, en julio de 2003, muere. Yo entro al seminario 2004. Fue todo junto”, plantea.

-¿Pensaste alguna vez en si te hubieras ordenado igual como sacerdote si no te hubieses lesionado?

-Creo que hubiera seguido; es una ecuación difícil de resolver, uno sabe lo que pasó, no lo que no pasó. Si no me hubiera roto hubiera seguido jugando porque la estaba pasando bien, era una etapa profesional, le había agarrado el gusto. Jugaba, había buenos comentarios, jugabas con gente. Pero tampoco ganaba guita para bancarme, no sé cuánto tiempo más hubiera podido seguir jugando así. Ya era ascender con Comu o que te pida un equipo de la B o de la A… Tenés que ser crack para eso, yo no era crack. Yo dejé el fútbol teniendo club y siendo titular. Al mismo tiempo, de chico pensaba: “¿a qué Mundial llego a jugar?”. Sacaba cuentas, a los 11, 12 años. “Tengo que llegar al 2002”, me decía. Llegó el 2002, y me encontró con la pierna recién operada, y en Comunicaciones. ¿Qué chance tenía de un Mundial? Pasó el Mundial y hacía este chiste: “Si me llega a llamar Bielsa, decile que estoy roto, no puedo ir”. Para darme moral, más que nada. Pasó el Mundial, Bielsa nunca me llamó, pero a fin de año me llamó el otro técnico. Es el único técnico que te elige cuando estás roto y no te conoce nadie. Porque se rompe Gago, a quien admiro, o Riquelme, o Redondo… Se rompe uno de esos, de ese nivel, y están todos esperando que se recupere para que vuelva a jugar. Acá te rompés vos y vas a la fila, recuperate, no te conoce nadie. Mirá, hice la rehabilitación con Redondo, algo que fue un regalo de Dios. Un día estaba ahí, en el box, y dicen, “pasá Fernando”. No lo podía creer, le quería dar un abrazo. Me decía: “Él no sabe quién soy, pero yo sí. Estoy tan cerca y tan lejos también…”.

-Imagino que por tu vínculo con el fútbol te han llamado mucho para bendecir estadios o vestuarios, ir a dar charlas…

-Todo el tiempo estoy con el tema del fútbol. Hoy no tengo tele en mi casa, sí por ahí veo algún partido de la Selección. Pero desde la amistad estoy en contacto. Y me sigo sorprendiendo, no es algo que tengo guardado en un cajón. Me pasó en Ituzaingó, te piden la bendición para ganar cuando vienen medio mal. Le dije al ayudante de campo, a Dios le voy a pedir el ascenso, pero después él va a hacer lo que quiera. A Almirante fui cuando estaba en la B Metro, me llevó Eduardo Pizzo, mi ex técnico. Después me quedé charlando una hora y pico, surgieron un montón de preguntas, porque los chicos se dan cuenta de que están hablando con un cura, pero también con un jugador igual que ellos. Tomo consciencia de estos dos mundos que se conectaron en mí. Me hace bien, me conecta con mis raíces.

-Perteneciendo a los dos mundos, ¿qué te genera la comparación de Maradona o Messi con Dios?

-Son analogías, nada más. Cuando fue el Mundial 86, yo tenía 8 años, fue el primero en el que me senté adelante de la tele. Con mi viejo siempre tuvimos una relación áspera, antes los padres no eran tan afectuosos, no eran de dar abrazos. Y el primer abrazo que recuerdo que me dio mi viejo fue con el gol de Diego a los ingleses. Cuando murió Diego lloré bastante, ahora que lo cuento me emociono. Y recé en las misas por él, con la gente. Está todo eso de la vida de Maradona… Y es una persona… Se lo endiosa porque al fútbol le dio mucho. A Messi me gusta mucho verlo, pero no entro en esa de quién fue mejor y peor. Cada uno es el mejor en su momento, me alegra que Messi haya conseguido el título, sufrió tanto… Podría haber estado tranquilo disfrutando, y expuso siempre su prestigio por ser comprendido. Maradona era un tipo que rezaba, se había la señal de la cruz cuando tenía la pelota. Para mí eso siempre fue fuerte. Messi levanta los brazos y mira hacia el cielo, le dedica sus goles a la abuela. Hay que aprender de la humildad de los grandes. El problema es del resto, de nosotros, que necesitamos poner cosas sobre ellos. Es un análisis más complejo, no sé si estoy preparado para hacerlo.

-¿Cómo se hace para afrontar desde la Iglesia un día a día cargado de injusticias, de ver las carencias de la gente?

-Se ven injusticias de todo tipo, aunque hoy no estoy en un barrio de los llamados de emergencia. Estoy en un barrio representativo de La Matanza. Yo, por ejemplo, muchas respuestas las encuentro desde la fe y el Evangelio. La peor injusticia de todas la afrontó Jesús. Hay situaciones de mucho dolor, a mí nunca me faltó la comida, el techo, mi vida siempre fue de trabajar y fomentar el trabajo. Uno hace lo que puede hacer con la gente con necesidades. Por suerte, con la pandemia nunca me faltó mercadería para ayudar a la gente, no tuve que apelar a la ayuda política para acompañar a la gente del barrio a través de Cáritas de la Iglesia. Siempre tuvimos ropa y mercadería para paliar un momento tan difícil, sobre todo en el primer tramo de la pandemia. Al mismo tiempo, las personas que más sufren, a veces, son las que más tienen respuestas de Dios. Las que están en peores situaciones económicas, te dan una palabra de esperanza, de fe, que te dejan sorprendido. Donde hay más carencia es donde más Dios se manifiesta. Me ha tocado estar en lugares más pudientes y te encontrás con más pobreza espiritual. Eso muchas veces me sorprende. Hay que redescubrir quién es uno.

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