Política

Matías Dalla Fontana: “Hay apresurados que fomentan livianamente una cultura de la droga”

Matías Dalla Fontana
El ex Puma Matías Dalla Fontana lleva 20 años trabajando en prevención de adicciones

“La Corte debe ser taxativa en diferenciar las propiedades medicinales, todavía bajo investigación, de una molécula respecto del efecto de numerosas otras moléculas del cannabis, como el THC, que tienen efectos psicoactivos, nocivos y adictivos”, dice Matías Dalla Fontana en diálogo con Infobae, poco después de haber expuesto la posición del Proyecto Deporte Solidario ante el máximo tribunal.

La presentación de un documento con la posición de su movimiento ante la Corte, que analiza si autorizar o no el autocultivo de cannabis, coincidió con el debate suscitado por la campaña de la Dirección de Políticas para Juventudes del municipio de Morón consistente en brindar consejos para un consumo supuestamente seguro de drogas. En folletos distribuidos en actividades recreativas podía leerse: “Acordate de estos consejos. El porro conseguilo de fuentes confiables. Con la cocaína y las pastillas andá de a poco y despacio. Tomá poquito para que ver cómo reacciona tu cuerpo”.

Matías Dalla Fontana, santafesino de 43 años, psicólogo, ex subsecretario de Prevención de la Sedronar y ex Puma, toma distancia de las posturas punitivistas pero sostiene que la legalización de la droga está muy lejos de ser una preocupación popular: “en los barrios la gente pide que se detenga a los narcos”.

Impulsor del Proyecto Deporte Solidario -que ha llevado el rugby a las cárceles-, critica también la “híper especialización de los servicios del Estado” que tiene por efecto contribuir a la fragmentación social. La solución, afirma, pasa por “poner la integralidad de la persona humana en el centro del sistema”, desde un enfoque inspirado en una perspectiva que “abraza la vida de manera simple, práctica, humanista y cristiana”. Y es contundente al afirmar que nadie que esté del lado profundo de la historia “manda a un compatriota a drogarse un poquito”.

— ¿Por qué se presentó en la Corte?

— Contra lo que equivocadamente pueden pensar algunos, no se trató de un tema meramente coyuntural. Tampoco individual. Desde que fui convocado a los Pumas en el año 2000, soy co-fundador de una organización federal denominada Proyecto Deporte Solidario. Con más de dos décadas de vivencias sistematizadas en una experiencia clínica y organizativa. Es un hecho a destacar que la Corte, como un poder del Estado, se abra de este modo a escuchar periferias. En cuanto al tema convocante, la habilitación del autocultivo, lo primero es abrazar y contener a esas madres que han encontrado una atenuación o una esperanza en el cannabis como paliativo. Pero nuestra posición es que el mensaje en ninguna medida debe ser ambiguo. La Corte debe ser taxativa en diferenciar las propiedades medicinales de una molécula respecto del efecto de numerosas otras moléculas del cannabis, como el THC, que tienen efectos psicoactivos, nocivos y adictivos. Hay mapeos cerebrales que confirman que el THC afecta las funciones cognitivas del cerebro y ese daño puede ser irreparable en un adolescente. Por eso, reitero, la Corte debe ser taxativa y aclaratoria, y eso es lo que fuimos a decir.

— Decía que no es un tema coyuntural… ¿Cuál es el trasfondo?

— Insisto en una cuestión de fondo, en lo que interpreto como una bisagra histórica que va más atrás y que se proyecta al momento actual de la Argentina, y en un contexto mundial que adelantaba el papa Francisco cuando hablaba de “una tercera guerra mundial por partes”, en la que hay que incluir la droga. Que es en rigor cómo la globalización ha llegado a instalar un orden que en gran medida está contradiciendo lo que somos, incluso en el aspecto biológico mismo.

— ¿Es una prioridad para la sociedad argentina la legalización de la droga?

— En términos sanitarios, no lo es bajo ningún concepto, ni siquiera es algo viable en nuestras condiciones institucionales y con 6 de cada 10 niños en la pobreza. Ahora bien, en términos geopolíticos, parece ser una prioridad, pero para otros agentes. Esto lo anuncian los propios agoreros globalistas hoy en boga, ayer pudo haber sido Fukuyama y hoy es otro adalid de ese pensamiento, como un Harari: están hablando de una parte de la humanidad ya condenada inexorablemente a ser reducida a una sub-especie con una deuda bio-neurológica que la hace no integrable al resto. Pero volviendo a la pregunta, en ningún barrio de la Argentina se está pidiendo que aumente la presencia de la droga, sino lo opuesto. A los que dicen lo contrario, los invito a un paseo por los barrios de mi ciudad, Santa Fe de la Vera Cruz. En los barrios la gente pide que se detenga a los narcos. Porque la droga no le mejoró jamás la vida a nadie. Es imposible ordenar una convivencia de 44 millones de compatriotas en estos términos. Siempre el significante ordenador fue la cultura del trabajo, es decir, la renuncia a la satisfacción compulsiva inmediata, para forjar un carácter en base al sacrificio. No al placer inmediato. Nuestra acción con el rugby en las cárceles va por ahí. El deporte, con el trabajo psíquico que implica, es una ordenación que domeña los impulsos. Nos quieren hacer transitar en materia de formación de la conciencia nacional desde lo sustancial hacia lo insustancial, eso que alguien caracterizó como “el hombre niño”.

Matías Dalla Fontana

— ¿Cuál debería ser un enfoque correcto de este problema?

— Me parece que un orden de prioridades, en el marco de una estrategia abarcativa, requeriría poner en relación el problema antropológico como verdadero problema político de primer orden. Y no es un romanticismo esto que te digo, no es ideológico. Definir en qué consiste el ser humano y predicar una política en base a ello tiene una dimensión terriblemente material, biológica, hoy apremiante: define si se puede comer, dormir, jugar, hacer deporte. Es del orden de cosas concretas que se engloban en la consigna de Tierra, Techo y Trabajo. Pero hoy una especie de psicologismo propio de la globalización está impidiendo organizar la vida en los barrios de la Argentina cuando propone un reduccionismo del ser humano. Yo digo que las ideologías son las archi-enemigas del sanitarismo, porque el sanitarismo tiene la facticidad del pan sobre la mesa: hay un club en condiciones con chicos adentro, con pediatra, psicólogo, nutricionista, o no lo hay. En este reduccionismo, vos fijate que la modernidad ya no discute la trascendencia, no digo el culto tal o cual, sino el sentido de la vida espiritual como elemento esencial del ser humano. Hace unas 5 décadas lo que se ha puesto en discusión es lisa y llanamente la faz biológica como elemento esencial del ser humano. En una especie de sujeto virtual evanescente, insustancial, que es un psicologismo: un humano sin alma pero sobre todo sin cuerpo, como si fuera una suma de deseos individualistas. Puestos en el campo político como causa de lucha en términos de derechos. Y ahí se cuela esta idea del derecho a drogarse, como si pudiera remitirse a un fuero absolutamente individualista. Debemos redefinir las fronteras de lo que entendemos por sistema de salud. En mi caso, soy psicólogo y de hecho lo nuestro se arraiga desde el punto de vista práctico en la salud mental, en Santa fe tenemos una casa de medio camino, por ejemplo, donde acompañamos a mujeres rescatadas de la prostitución, que en general también padecen adicciones. Pero en un nivel más generalizable, replicable, hay que avanzar en una solución organizativa que ya la tenemos y que está ocurriendo en todo el país. Un modelo de trabajo es el del Padre Pepe en José León Suárez, el de las 3C. Es simple, pero no simplista. Radica en una matriz muy profunda que es reconstruir a través de la unidad de acción, al unísono, de club, colegio y capilla, nada menos que la integralidad de las dimensiones esenciales de cuerpo, mente y espíritu.

— ¿Está muy lejos ese modelo de los instructivos distribuidos por autoridades de gobierno para un consumo cuidado o moderado de drogas?

— ¡Hay un universo de distancia! Es asombroso que, habiendo pasado por aquí Ramón Carrillo, cierto espectro dirigencial esté buscando soluciones en Milton Friedman, para temas como la droga, por ejemplo. Hay una distancia insondable entre poner la integralidad de la persona humana en el centro del sistema como pretendemos los humanistas y oponerle a eso la libre circulación de la mercancía como pretenden los liberales. Nosotros formamos parte de un movimiento que abraza la vida de manera simple, práctica, humanista y cristiana. A fin de cuentas, es la misma batalla que la de aquellos gauchos que cruzaron un 20 de noviembre las cadenas en el río Paraná para frenar a las escuadras navales más poderosas de la tierra: es la batalla por la libertad, reducida a la libertad de circulación y consumo de una mercancía, la droga en este caso. Las condiciones de un sistema, escuchar al pueblo, repensar las fronteras del sistema de salud para lograr integralidad, fronteras que deben abarcar al club de barrio como parte de la red de salud. Además, dar con la correcta identificación de los enemigos principales, desde una cosmovisión adecuada a la época. Nuestra propuesta viene señalando dos vectores: sedentarismo y soledad como elementos productores de síntomas. Eso por un lado. Y la lógica institucional estatal, que presenta una fisonomía fragmentadora de sus prestaciones, una híper especialización de sus agencias. Entonces, donde hace 30 años había una institución libre de la comunidad con 500 chicos, le hiciste llover recursos con una charla de arte a una cuadra, un evento cultural a dos cuadras, un profesor contratado por el municipio en un playón enfrente del club, una charla de prevención de violencia a 4 cuadras, otra de género, y eso devino en algo que yo definiría como la desertificación institucional. Porque los clubes no están moribundos solamente porque el gobierno anterior les aumentó las tarifas, sino porque les quitaste las familias. Esto merece una reflexión profunda por el diseño de los impactos del gasto del estado en el barrio, porque las personas no quieren vivir dentro de un área estatal, su mundo de la vida se debe reafiliar a las organizaciones libres del pueblo y poner los recursos estatales ahí mismo. No es ni un Estado estalinista ni un Estado mínimo, como predican por ahí los anarquistas actuales. Ambos extremos son anómalos.

— ¿Por qué llevamos tantos años de fracasos en la lucha contra la droga?

— Creo que nos han tendido una gran trampa. Han puesto a la Argentina en una grieta ideológica aviesa. Por un lado, sembrada por apresurados que fomentan livianamente una “cultura de la droga”, no cejan en su empeño por bajar los umbrales de percepción de riesgo, tal vez ligados sin quererlo a intenciones corporativas transnacionales de mega laboratorios, con sus CEOS, con sus voceros. Algo que no debe sonrojarnos porque es visible, es que algunas ONGs que militan esta cuestión son tributarias de fondos financieros globales que las apoyan. Los vimos actuar en el proceso de liberalización de la droga en Uruguay concretamente.

Matías Dalla Fontana

— ¿Qué piensa de la llamada política de reducción de daños que ha inspirado estos raros folletos sobre el consumo cuidado?

— Eso lo pondría en la misma perspectiva de una serie de interrogantes fundamentales sobre el valor de la vida y de la historia. Es decir, si es la historia de las vanguardias ideológicas o si es la historia de los que viven la realidad abajo, luchando por una significación: ¿qué es la historia argentina? ¿de quién es? Porque si es de los que están arriba del escenario, de los que detentan el poder, es viable la respuesta “tomá poca cocaína y andá viendo”. Pero si la historia es el magma comunitario de miles de microprocesos de los que están abajo del escenario, lejos del poder, es la historia de las madres que en los clubes organizan rifas para comprar pelotas, la de los curas de barrio que contienen a las pibas embarazadas para darles educación y evitar más abandono, nadie de ese lado de la historia manda a otro compatriota a drogarse “un poquito”. Hay dos modelos: uno es de los que están arriba del escenario, que puede hasta tener un discurso de izquierda, pero que no deja de ser oligárquico porque es minoritario. El otro modelo es el de las mayorías. Desde esta lectura, la idea de liberar la droga es una demanda de vanguardias minoritarias, es elitista.

— Han logrado instalar una imagen inocente de la marihuana, de la droga en general incluso. Una normalidad en esos consumos.

— Claramente, habría que ver quiénes poseen las patentes, porque igual que con el modelo de negocios del tabaco, el futuro que está a la vuelta de la esquina no es el joven de clase media universitaria con su plantita simpática. El problema es la falsa discusión. Porque del otro lado de esta falsa grieta, están los punitivistas, una especie de fariseísmo de la letra, aquellos que, también por ideologismo, pretenden asimilar a quienes consumen marihuana, lisa y llanamente con criminales. Como toda dicotomía que toma el conflicto como fin, lo que hace es excluir al tercero, que en general es el pueblo. Una nación que mata a sus hijos está rota en lo más hondo, la violencia empieza a devenir familiar y lo familiar empieza a devenir ominoso. Hoy, contra las claves que propone como pensamiento dominante la globalización neoliberal de matriz financiera, el acto más revolucionario posible, objetivamente, es dar vida y no drogarse. Lo que se proscribe con la grieta son las soluciones que surgen de la propia gente cuando se organiza libremente. Creo que es parte del componente disociativo de la modernidad del Norte, que la filósofa Amelia Podetti señalaba como las filosofías de la comunidad disociada: Hobbes y Marx. Hoy ese componente disociativo actúa a nivel antropológico me parece. Como dije, hacernos creer que somos una psique solamente, un manojo de deseos individuales. Y la persona no es el individuo. Ni el sujeto lacaniano.

— Ninguna de estas cosas parece formar parte del debate actual ni preocupar a los políticos.

— El tema es cuando una capa dirigencial desconoce casi absolutamente la vinculación crucial entre el modo en que se constituye una persona sana e integrada con el modo en que se constituye un orden democrático integrado. Tal vez la deconstrucción haya funcionado en algún lado, pero aquí lo que venía siendo virtuoso se quiebra a mediados de los 70 con el horror de la dictadura y es la reconstrucción del hombre argentino. Se quiebra una continuidad del ser histórico ahí. Y se comienza a pensar que solamente con el Estado y con la política reducida a la pelea de los partidos por poseer el gobierno se puede ordenar la comunidad. Es el extremo de la idea de la representación que está en crisis actualmente, donde se cuela la antipolítica cómodamente, con chances de poner un presidente si nos madrugan. Por eso es crucial volver a pensar el tema de la conducción de los procesos con el Estado. En el caso de la droga, por ejemplo, hay un desacople de escala entre la magnitud del problema y el Estado que le responde con un “raviolcito” por ahí en el organigrama de algún ministerio. Este proceso se termina manifestando en una licuación de la autoridad. Y sin autoridad política no va a ser posible la democracia. Una de las consecuencias más gravosas de la inestabilidad política es el resultado de algo previo: la destrucción de las relaciones del poder estatal con las organizaciones comunitarias. El deterioro de la vascularización de las relaciones entre poder, Estado y organización comunitaria por lo menos hace 4 décadas, es una restricción añadida a la restricción fiscal, es decir, a la falta de medios. Porque pensar solamente desde el Estado tiene enormes costos que deben ser vistos de manera agregada e indivisa, el coste sociosanitario y el coste securitario, de no poner, por ejemplo, 15 millones de pibes en los clubes.

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