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Fue clave en el último gol de Maradona, Diego se enteró de un drama familiar y le hizo un regalo que no tiene precio: “Su gesto me emociona hasta hoy”

Entrevista a Ruben Pascualino
El ex árbitro Rubén Pascualino con la casaca de Julio Zamora y el regalo que le hizo Maradona: anotó el último gol profesional con esa camiseta (Foto: Gustavo Gavotti) (Gustavo Gavotti/)

El 14 de septiembre de 1997, los fanáticos presentes en la Bombonera fueron testigos de un hecho icónico. Por la fecha 3 del Torneo Apertura de aquel año, el Xeneize, de la mano del Bambino Veira, buscaba generar armonía dentro del campo en una conjunción de estrellas que tenía como principal referente a Diego Armando Maradona. Nadie esperaba que en aquella jornada el mejor jugador de todos los tiempos festejara su último gol como profesional, ante Newell’s.

A los 40 minutos del segundo tiempo, Martín Palermo lanzó un centro sobre la izquierda y el defensor de la Lepra Daniel Fagiani interceptó con su brazo dentro del área al astro nacido en Villa Fiorito. El árbitro, un joven Rubén Pascualino, sancionó un penal que pasó a la historia.

El juez que colaboró para que Diego marcara el tanto final de su carrera se quedó con un premio inexpugnable: la casaca del 10. Firmada y enmarcada, está perfectamente conservada en una habitación repleta de recuerdos tangibles, lejos del sueño de cualquier coleccionista. Protagonista de una de las más duras batallas que debió librar Julio Humberto Grondona, presidente eterno de la AFA, Pascualino atravesó períodos de depresión, fue expulsado del fútbol argentino y volvió a embarcarse en la lucha para refundar El Porvenir, el club de sus amores. Aquella jugada que culminó con Maradona marcando desde los doce tantos representó el súmmum de una corta carrera, pero repleta de historias.

— ¿Cómo fueron tus inicios como árbitro?

— Siempre hay una ideología de que los árbitros somos jugadores frustrados. Puede ser que un poco sea así… Mi padre era dirigente del club El Porvenir y me llevaba a la cancha desde chiquito, desde los 5 años. Ahí empecé a palpitar todo eso, porque tenía la oportunidad de ingresar a los vestuarios. Fui a probarme al Porve como futbolista, pero tuve un problema que es de psicólogo: no me gustaba entrenar. Así no iba a poder. Pasaron los años y quedé ligado al fútbol. Había entrado a la facultad de medicina, no me agradó y salí. Fui al profesorado de educación física y me pasó lo mismo, hasta que un día pasé por la AFA.

En ese momento, pensé ‘¿por qué no hago el curso de árbitro?’. Tenía 20 años, y antes se entraba con 21, por lo que tuve que pedir permiso. Esto es como todo, después se va haciendo pasión, es lo que sucedió en toda mi carrera. A medida que uno va creciendo, fui superando ciertos miedos. Más allá de eso, para ser árbitro tenés que estar un poquito loco. Curiosamente, terminé entrenando más como juez que si hubiera sido jugador (risas). Igual, como te digo eso, te cuento que cambió todo, porque con la preparación que teníamos, hoy no podríamos dirigir ni un casados contra solteros.

— ¿En qué circunstancias fue y cómo te acordás aquel primer partido oficial que te tocó dirigir?

— Jamás dirigí en ligas ni nada similar, por eso fue mi debut absoluto. Fue en invierno, terrible, en el parque de al lado del Autódromo, y tenía todas teorías, no había prácticas. Cuando me calcé el traje del árbitro estaba perdido, no sabía ni para dónde iba. Cuando empiezo oficialmente, me toca dirigir en Argentino de Merlo, un domingo a la mañana. El partido era a las 9 de la mañana. Yo a las 7 ya estaba en la cancha; golpeo y no hay nadie. Había un tipo durmiendo, que era el canchero, y me puteó por llegar tan temprano (risas). En el año 1985, te imaginarás que había todo campo… Al final terminé tomando mate con él y ayudándolo a acomodar las redes. Tenía mucha ansiedad.

— ¿Qué virtudes te destacaban más tus colegas?

— Creo que siempre valoraron mucho el compañerismo que yo tenía con los muchachos, y a medida que fui ascendiendo de categoría, hasta gané un premio al mejor compañero. Eran las cosas que más me importaban. También estuve en el sindicato como secretario adjunto, que fue una circunstancia muy importante porque mi carrera terminó ahí, por defender la relación de dependencia laboral de los árbitros.

— ¿Cómo tomabas los errores que cometías en el campo de juego? ¿Te acordás de alguno muy grosero?

— Los errores son la espada de Damócles de los árbitros. No existían las redes, y por ahí vos te enterabas cuando llegabas a tu casa y veías a Marcelo Araujo. Cuando venía tu partido, vos lo esperabas para enterarte. Uno de los más duros que me tocó cometer fue en un Gimnasia-River, en el Bosque: le sancioné un penal al Burrito Ortega, yo venía atrás de él y lo veo caerse, pero se había trabado con el pasto y se enganchó. El arquero era Noce; miré al juez de línea, me corrió al fondo y compré. Me acuerdo de volver a casa y que el mismo Araujo dijera efusivamente ‘el increíble penal que Pascualino le cobró a River’ y que arrancara la publicidad. Dije ‘chau, acá me mataron’. Son esas típicas jugadas que hacen los delanteros y ni lo había tocado. A veces parece liviano y creen que no nos genera nada equivocarnos, pero no es así: esa noche no dormí. Después no tomé revancha con el Burrito (risas). Yo grababa todos los cotejos que dirigía, pero a la cinta me la agarró la humedad y desapareció.

— A veces pasa que alguna hinchada toma de punto a un juez y es un duelo aparte, ¿te pasó?

— El gran problema que yo tenía era con Atlético de Rafaela, y era increíble, porque ellos se pensaban que en todas las jugadas conflictivas yo los iba a perjudicar… Yo quería que salga bien. La última vez que fui me tuvieron que sacar por el medio de los campos con la Policía, y pararon el micro en la ruta: yo subí ahí de noche. El chofer me dijo ‘flaco, ¿qué hiciste?’. ¡Nos querían matar a todos en la terminal! También me pasó con Atlético Tucumán, que ganaba siempre conmigo y me querían hacer un monumento hasta que llega un partido con Los Andes, en el que cobro un penal en el último minuto. Fue un escándalo terrible.

Entraban los hinchas por el túnel, habían roto la puerta de madera, las fuerzas de seguridad a los bastonazos… Y yo en el medio, me sacaron a los empujones. Llegamos al hotel, me trajeron la ropa y la hinchada nos quiso cortar la calle. Escuchaba el handy del patrullero moviéndonos y pensé que me iban a entregar. Cuando llegué al aeropuerto, estaba la barra ahí y me metieron en el VIP. Hasta el presidente de Atlético Tucumán, Miranda, me quiso iniciar una causa por incitación a la violencia. Me quería detener pero intervino la Asociación Argentina de Árbitros.

Más allá de eso, me pasó que hay personas nefastas en el fútbol. En Olimpo de Bahía Blanca, un presidente que ya falleció me vino a decir que le dé una mano al vestuario, y yo estaba junto a los jueces de línea. Lo agarré del cuello y lo puse contra la pared. Uno conoce su propia conducta y sabe cómo es.

Entrevista a Ruben Pascualino
Algunos de los recuerdos de Rubén Pascualino (Gustavo Gavotti/)

— A casi todos los árbitros contemporáneos del fútbol argentino, desde la década del ‘70 para acá, les tocó tener como presidente de la AFA a Julio Humberto Grondona, con quien has tenido varios cruces particulares. ¿Cómo se dio ese gran conflicto que rememorás como bisagra?

— En un primer momento, Guillermo Marconi crea el SADRA y le lleva la propuesta a Grondona de que los árbitros debían tener contratos específicos por dos años y no estar en relación de dependencia. A Julio le interesó porque quitaba determinados derechos, como las vacaciones, y lo llevó a la Asociación Argentina de Árbitros. Posteriormente, vamos a elecciones y ganamos nosotros, con Jorge Ferro como principal. Veníamos con la idea de pelear la relación de dependencia. En la esquina de la AFA, nos juntamos con un abogado y nos dijo que alguno de los tres principales del sindicato tenía que pedirla: sabíamos que eso conllevaba con conflicto con la entidad madre. No parábamos de mirarnos, no se podía hacer un reclamo colectivo. Ahí dije ‘voy yo’. Le mandé una carta documento a la AFA y al otro día me echaron.

Era 1999 y llevaba 15 años como árbitro, tenía 11 por delante… Yo soy así, soy un convencido de que alguna vez tiene que haber justicia. Cuando llegué a mi casa y conté que iba a pelear contra Grondona, mi viejo, futbolero y dirigente, casi me mata. En una cancha sos árbitro, pero en tu hogar volvés a ser hijo. Me decían que estaba loco, que yo no tenía idea de quién era Julio. Eran mis convicciones y la gente me votó para defenderlas. Hubo un conflicto difícil, con un desgaste enorme, porque pusieron un estudio jurídico en mi contra, con un dirigente que era vicepresidente de FIFA. Grondona, un tipo hábil, defendió lo que creía que defendía. Gané en la primera instancia, después fue a Cámara y llegó a la Corte Suprema; en 2005 llegó un fallo favorable a mí.

Los árbitros que se retiraban por los contratos, que eran muy lamentables, no estaban contentos y empezaron a hacer demandas con esa jurisprudencia. Fijate Fabián Madorrán: se le terminó el contrato, lo echaron, se quedó sin nada y se pegó un tiro. Grondona entendió que no le convenía perder más juicios e instauró la relación de dependencia. Yo fui la persona más feliz de la tierra ese día, porque mi lucha valió. Me agarró un ACV, entré en un estado depresivo que me mantuvo un año en cama, y debí atravesar otras situaciones difíciles. Durante años, los jueces no me llamaban ni querían estar conmigo. Esas cosas sí que fueron injustas… La AAA no reconoció nunca el esfuerzo que yo hice.

Insólitamente, ahora Marconi sí pide la relación de dependencia de su gremio. Debo reconocer, igualmente, que a nivel dirigencial, Grondona fue el más grande de todos y tenía una cintura inigualable. Cuando falleció, me llamaban y me decían ‘debés estar festejando con champán’. Yo les decía que no, que no fue un enemigo mío, cada uno cumplió su función. Él me echó, pero era lo lógico. No me iba a felicitar (risas). Un colaborador de él me dijo que si retiraba las demandas podía volver a dirigir, pero le dije que no, que el daño estaba hecho. Pude rehacer mi carrera recién después de 17 o 18 años, porque hice el curso y soy instructor; es como si fuera Perón en Puerta de Hierro. Primero tenía que ver si me aceptaban, por si comprometía a alguien, y me dijeron inmediatamente que sí.

— En algún momento has contado que recibiste aprietes. Curiosamente, uno de ellos fue el día que Diego hizo el último gol como profesional. ¿Por qué te pidieron que no lo echaras al 10?

— Ese partido tuvo muchos condimentos… Maradona venía de un doping, hizo un amparo y le permitieron disputar el Boca-Newell’s, que fue el 14 de septiembre de 1997. Yo estaba designado para ese cotejo y el viernes a la noche me llamó por teléfono el presidente del Colegio de Árbitros. Me dijo ‘no puede echar a Diego ni que lo agarre del cuello’. Había toda una cuestión que podía conllevarle un nuevo problema a la AFA. Yo le respondí ‘si tiene que pasar, lo voy a expulsar’. Gracias a Dios, esas conductas en mi vida las voy a mantener hasta que me muera. Tenía claro que venía de parte de arriba y me imagino que habrán estado pensando que no hiciera ninguna locura. El sábado fallece mi abuela y el domingo era el partido. Al mismo tiempo, ese 14 de septiembre era el cumpleaños de mi viejo.

Yo iba a dar el partido y no dirigirlo porque enterraban a mi abuela, pero podía llegar a parecer que había arrugado por lo que me habían exigido. Mi viejo, futbolero, me pidió que estuviera en la cancha, era el mejor homenaje para ella. Y yo estuve ahí, no sé si hice las cosas bien o mal porque psicológicamente no estaba del todo bien.

A su vez, en ese encuentro se dan otras circunstancias. Maradona convierte el último gol, que ni él ni yo creíamos que iba a pasar, y menos aún me imaginaba que iba a quedar en la historia de semejante jugador, único en el mundo. Enfrente debutaba Sergio Goycochea en la Lepra, excompañeros; en la cancha, pensaba en que quizá podía atajarle el penal porque se conocían demasiado. Diego, Goyco… y yo mirando, a la expectativa (risas). También fue el primer partido de Guillermo Barros Schelotto. A Diego lo suplantan a mediados del segundo tiempo, y Boca gana 2-1 con un gol de… Guillermo.

No sé cómo, pero después me enteré de que a Maradona le llega que mi abuela había muerto. Por eso, al final, viene a mi vestuario y me regala la camiseta. Un gesto total y absoluto que, al día de hoy, me emociona. Solo un grande como él podía hacer esa clase de cosas. Posteriormente, me obsequió su casaca Julio Zamora y no me quedó otra que colgar la mía. Yo siento, definitivamente, que fue mi partido. Lo sentí como propio y fue el de toda mi vida en mi carrera arbitral. ¿Qué más puedo pedir? Lamentablemente no pude volver a hablar con Diego y me hubiese encantado estar al lado de él en determinados momentos. Cuando hizo La Noche del Diez, pensé que por ahí me invitaba, porque hubo un programa en el que habló de ese tanto.

— ¿Qué sentías al dirigir a Diego, sabiendo que le faltaba poco para el retiro?

— Yo lo dirigí cuatro o cinco partidos, y conmigo siempre se comportó correctamente. Era un jugador imprevisible, que si se perfilaba para un lado, yo me tenía que ir corriendo para el otro sector porque te sorprendía. Era imposible lo que hacía como jugador. En cancha de Newell’s, me acuerdo, él tenía unos eslabones de oro como cadenita gigantes; ahí le pedí que se la sacara porque si llegaba a jugar con eso puesto, lo degollaban. Me miró y me dijo ‘tome, téngala usted’. Me la puse en el pantaloncito y se me caía de lo que pesaba (risas).

— Hubo una subasta millonaria por la camiseta que usó contra Inglaterra, ¿cuánto creés que puede llegar a costar la que vos tenés?

— ¡Ni idea! Y eso que me la quisieron comprar: hay un muchacho en Mar del Plata que colecciona camisetas del Xeneize y me la pide todos los años. Me aclara siempre que tiene la plata separada para dármela. Yo no se la doy ni loco, pero sé que el día que me muera, mi señora la despacha en dos minutos (risas). Es un recuerdo y conlleva una cuestión emocional que no podría dejar de lado. Está firmada y todo, dice ‘a Rubén Pascualino, con cariño’, pero me puso el apellido con Q. Ya pasaron 25 años… Yo estaba maravillado porque, en la época que me tocó ser árbitro, estaba con todos los cracks, Caniggia, Ruggeri, Chilavert, ¡tremendo! Y afuera tenías a Valderrama, Higuita, monstruos. A veces siento que lo soñé, que no viví nada de eso. No soy consciente ni siquiera de que tengo esa camiseta. Me quedó el deseo de dirigir la Copa del Mundo, pero llegué a ser juez internacional.

— Sos un sinónimo de la lucha contra lo que considerabas que eran injusticias: lo has hecho con Grondona, posteriormente en El Porvenir. Maradona era uno de los grandes exponentes de estas luchas en el fútbol, ¿lo tomaste como referencia en algunas cosas?

— Diego fue ejemplo en muchas cosas y cometió muchos errores, pero estar a su lado era una cosa increíble. 100 personas alrededor permanentemente, no poder salir, no tener vida; iba a Afganistán y lo conocían, aparecía en una isla desierta con un solo tipo y lo conocía. Muchos argentinos pudieron atravesar situaciones peligrosas en el exterior solo con nombrarlo. Entonces, hay que entenderlo, porque es para hacer un libro. Me pegó mucho el día que falleció, a pesar de que uno, de alguna manera, lo estaba esperando. Yo lo vi el día de su cumpleaños, cuando apareció en la cancha de Gimnasia, y estaba pésimo. ¿Cómo puede ser que un genio así estuviera en ese estado?

Me chocó porque, al momento de morir, tenía la misma edad que yo. Creo que él buscó ese desenlace, porque estaba cansado, devastado, y no lo digo por decir: todo eso lo viví. Lo comprendo, también tuve depresión, me quise morir. Había aumentado mucho de peso, me despertaba a la mañana y cuando abría los ojos, repetía ‘la puta madre, otra vez, me gustaría no existir más’. Estaba despojado de todo, me habían quitado mis pasiones. Gracias a mi familia y a mi entorno pude salir, pero es muy difícil. Creo que si hubiera podido hablar con Diego, que me quedó como cuenta pendiente, hubiese intentado acompañarlo. Alguna vez él me regaló una camiseta y estuvimos dentro de un terreno de juego… El acto que tuvo ese día me demostró cómo era como ser humano.

Falta empatía en el fútbol argentino, falta el reconocimiento de parte de los dirigentes. Hay campeones del mundo que terminaron en la ruina. Es necesario seguir cada caso en particular porque no todos tenemos la misma cabeza; el retiro cuesta mucho más de lo que se cree, pega fuerte. Hubo protagonistas que cayeron en adicciones, que se destruyeron a sí mismos. Yo tengo un negocio, y los que compraban, cuando yo dirigía, me preguntaban del partido, de los penales, de las jugadas. Me retiré y no me conocía nadie, con los jugadores pasa lo mismo. El olvido hay que pasarlo.

Ruben Pascualino arbitro
Pascualino durante sus años como árbitro (Foto: @rubenpascualino)

— ¿Cómo valorás la tarea de Federico Beligoy como director arbitral y el rumbo tomado en el fútbol argentino?

— Él va a tener que ajustar tuercas, pero a mí no me gusta que critiquen a los árbitros porque somos seres humanos. Sí es cierto que hay que analizar los errores con lupa y, a mi criterio, muchas cosas no se están haciendo bien. El arbitraje está pasando por un mal momento, pero eso ha pasado en todas las épocas. De todas formas, hubo modificaciones positivas y la tecnología está avanzando. Yo estoy de acuerdo con el VAR, pero aplicado de forma correcta, que creo que no se está haciendo en ninguna parte del mundo. Estaba diseñado para las acciones groseras, no nació para las cosas ínfimas, y hasta la FIFA está en desacuerdo con cómo se está manejando.

— ¿Por qué decidiste involucrarte en la política de El Porvenir?

— Porque este señor, Enrique Merelas, que está ahí como presidente, está expulsado desde el año 2016. Tiene 17 causas penales, no me deja entrar a la cancha porque me pusieron el derecho de admisión, claramente debido a que soy opositor. Vos pensarás que estoy diciendo locuras, pero este tipo maneja el club así. Lo ampara la política. Es una injusticia y yo lucho contra eso; tengo un nene de 8 años que no conoce la cancha. ¿Cómo puede ser que mi viejo fue dirigente, que hizo la tribuna de madera, yo siendo hincha y que pedí no dirigirlo, no pueda entrar? Mi pelea es por recuperarlo, por refundar El Porvenir, pondría a todas las mejores personas y con buenos asesores para encaminarlo. Si este se va, queda un arbolito en la pileta. Tenemos un frente armado de gente que quiere que el club mejore. Lo único que me interesaría es que mi hijo pueda entrar a la cancha de El Porvenir, que vea por todo lo que luchó papá y que se sienta orgulloso.

— Si tuvieras que volver para atrás en el tiempo, ¿cambiarías alguna de las posturas que asumiste?

— Muchas veces yo pienso que, por cómo se fueron dando las cosas, quizá no valió la pena todo el esfuerzo que hice. No soy un robot. Pero después de un rato, me puteo a mí mismo y reconozco que haber hecho algo diferente sería ir contra la corriente, contra lo que yo siento, mis valores y mi idiosincrasia. Si yo dejo una huella en alguna persona que haya aprendido algo de todo lo que intenté inculcar, me alcanza y me sobra para ser feliz.

— Si Diego volviera y lo tuvieras delante tuyo por última vez, ¿qué le dirías?

— Que nos sentemos y tratemos de ver cómo solucionamos sus problemas, porque por ahí le puedo dar una mano. Es retribuirle lo que hizo por mí.

Entrevista a Ruben Pascualino
"Pasqualino con cariño", la firma de Diego con el apellido escrito con Q (Gustavo Gavotti/)

Fotos: Gustavo Gavotti

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