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Fue campeón con San Lorenzo, dirigió a Boca junto a Veira y cuenta intimidades de Maradona y Riquelme: “Diego era muy bravo, él decidía cuándo jugaba”

Antonio García Ameijenda
Ameijenda (en el centro) fue parte de una etapa gloriosa de San Lorenzo

Como miles de familias que huyeron de la España franquista, los Antonio García Ameijenda buscaron bienestar en Argentina en 1948. Abuela y madre cruzaron el océano soñando con un futuro mejor para sus dos hijos, una niña de dos años y el bebe Antonio, que apenas tenía seis meses cuando llegó a Buenos Aires. Aquí los recibió su abuelo, quién había llegado al país 10 años antes huyendo de la guerra civil española.

“Vivíamos muy precariamente. Teníamos una casa de piedra sin baño, y durante la guerra los saldados le sacaban los alimentos a la gente, por ese motivo no había para comer”, recuerda el hombre de 74 años. Antonio García Ameijenda vive en San Telmo, primer barrio que pisó en Buenos Aires, y fue una pieza clave del mejor San Lorenzo de su historia, el que ganó cuatro títulos nacionales bajo el mote de Los Matadores. La prensa de la época bautizó a ese plantel como “el equipo computadora”. “Jugábamos de memoria y teníamos mucha precisión en la salida; nadie revoleaba la pelota “, rememora.

Con apenas 16 años, el Tano Ameijenda ya se entrenaba con la Primera del Ciclon. " A esa edad, ya enfrentaba al Tucumano Albrecht, al Toscano Rendo, al Oveja Telch, quienes me fueron formando y madurando en este deporte. Pasé de ser un nene a un señor “, detalla el ex delantero que jugó en el conjunto de Boedo entre 1967 y 1975 (en 1973 se fue un año a Francia), disputando 135 partidos y marcando 24 goles. Luego

– ¿Qué es de su vida, Antonio?

– Pasan los años y estoy un poco complicado por el tema de mis rodillas. Tuve que ponerme las dos de titanio porque andaba mal y no podía caminar. Hoy, camino más o menos, y no tengo mucha estabilidad, pero vamos tirando para adelante. Estoy bien, pero tuve mucho desgaste en las rodillas por haber jugado al fútbol tanto tiempo. Camino cuatro cuadras y debo parar a descansar; me siento y arranco.

– ¿A qué se dedica?

– Ayudo a mi hermano que es despachante de aduana, pero estoy jubilado. Estuve trabajando en una empresa que se dedicaba a los suministros de computación, como cobrador y pagador. Me alejé del fútbol luego de haber estado como ayudante de campo del Bambino Veira en Boca. Nos fuimos de ese club, salió una oportunidad para dirigir a la selección de Arabia Saudita, pero se cayó la posibilidad. Luego, Héctor me llamó para ir a Lanus, pero no arreglé mi contrato. Entonces, me dediqué a trabajar en esta empresa hasta que me jubilé.

– ¿Extraña el mundo del fútbol?

– Sí, se extraña. Cuando uno lo deja, es difícil de seguir con tu vida, porque no pensás que se va a terminar tan pronto. Uno cree que es como un cantante de tango que puede cantar hasta los 80 años, pero no, en el fútbol llega un momento que se acaba. No querés dejarlo, pero el físico, los años y las lesiones te obligan a hacerlo. Hoy, si no tenés velocidad y estado físico, se complica seguir desarrollándote.

– ¿Cambió bastante el fútbol desde su época a hoy?

– Sí, antes era otra cosa, se jugaba en todo el campo de juego, pero en la actualidad sólo en un pedacito. Por eso, hay tanto choque por la velocidad que imprimen y eso lleva a que haya muchas lesiones y poco fútbol. Cambió en todo sentido. Nosotros no ganábamos nada de dinero, muy poco a comparación de lo que se gana en la actualidad. En esa época, no cobrábamos al día, ya que nos debían dos o tres meses. Hoy tenés la plata depositada el primer día de cada mes. Yo me fui a jugar a España y a Francia, que se ganaba un poco más, pero no tanto como sucede actualmente. Me vendieron tres veces.

– ¿Pudo hacer alguna diferencia con esas ventas?

– No, jamás cobré un peso por la transferencia, porque me decían “si te queres ir, andate, pero no vas a cobrar nada”. La plata quedaba para el club y las Inferiores, según decían, pero es todo mentira. Yo quería emigrar para hacer una diferencia económica, pero no pude hacerla. En el fútbol de hoy, si hubiera jugado cuatro temporadas en Salamanca, España, y el año que estuve en Francia, tendría 30 millones de dólares en el banco. Pero cambió para bien el fútbol, porque antes se llevaban más plata los dirigentes que los jugadores, que son los que brindan el espectáculo, los que se destacan en el campo de juego.

– Sin embargo, ¿no le pagaban a término?

– No. Por ejemplo, en San Lorenzo siempre había 60 mil personas en el estadio y no podían pagar los sueldos, y nos quedaban debiendo mucha plata.

– ¿Quién se llevaba ese dinero?

– Los que manejaban los clubes hacían la diferencia. Los dirigentes sabían que a los jugadores nos gustaba salir a la cancha por la gente, por el prestigio y que era una emoción tan grande que por eso nos bancábamos todo y, de esa manera, se aprovechaban. Encima, teníamos un equipazo. De cuatro partidos, ganábamos tres.

Antonio García Ameijenda
Con la casaca del Ciclón. En el exterior jugó en Salamanca y el Red Star de París

– ¿Pudo hacer un buen colchón de dinero para vivir cómodamente?

– No, cuando me retiré, tuve que trabajar en el Banco Mayo por intermedio de un amigo. Después, laburé en una fábrica de computación. Yo al banco fui a jugar al fútbol, porque existía un torneo bancario con ex jugadores durante 13 años.

– Nació en España, pero vino de chiquito a la Argentina. ¿Con quién llegó a este país?

– Nací en un pueblo que se llama Rebordelo, en La Coruña. Soy gallego. A los seis meses llegué a la Argentina con mi hermana de dos años, con mi mamá y mi abuela. Mi abuelo ya se encontraba en este país desde hacía 10 años para poder mantenernos. Desde que arribé, soy más argentino que español.

– ¿Tiene la doble ciudadanía?

– Sí, me hice ciudadano argentino porque un día me agarró Ernesto Duchini, ex técnico de las divisiones inferiores del Ciclón, y me dijo “Tano, hacete ciudadano que vas a ir a las juveniles de Argentina”. Le hice caso y efectivamente me citaron a las juveniles. Salimos campeones del torneo Sudamericano en Paraguay 67. Al haber jugado en la selección argentina nunca me llamaron de la española. Una vuelta me citó a la Mayor el entrenador Renato Cesarini y me dijo: “Usted, es el que mejor le pega a la pelota de todos los citados”. Fue una inyección anímica muy importante para mi carrera. Luego, fuimos a Canadá a disputar un Panamericano y nos eliminaron.

– ¿Por qué emigraron de Europa junto a su familia?

– Por el hambre que había en España. Además, era terrible la situación que estaba pasando aquel país por la dictadura de Francisco Franco; vivíamos muy precariamente. Teníamos una casa de piedra sin baño y durante la guerra los saldados le sacaban los alimentos a la gente, por eso no había para comer. Un día mi tío escondió alimentos para darle de comer a su familia, los soldados se dieron cuenta y le pegaron un tiro en la cabeza. Así era la cosa. Te mataban por nada. Por esa situación, mi familia se exilió de España y decidió venirse a la Argentina. Había mucha pobreza y la gente se quedaba sin comer. Mi abuelo se había ido 10 años antes de España porque estuvo en la Guerra Civil Española. Él se escapó del conflicto bélico con un amigo, tomaron un buque de guerra y llegaron a Buenos Aires. Comenzó a laburar para juntar la guita para traer al resto de sus familiares a la Argentina.

– ¿Cómo fueron sus inicios en el fútbol?

– Fue en las calles, cuando vivía en Perú y la avenida San Juan, en el barrio porteño de San Telmo. Jugábamos con una pelota de goma, de papel o de trapo durante siete horas al día, por eso la técnica que luego adquirimos para ser profesionales. El primer club en el que me probé fue en Boca, detrás del hospital Argerich. Quedé, pero jugué los internos de la Primera División.

– ¿Cuál fue el primer estadio argentino que pisó?

– La Bombonera. Jugaba la Tercera, la Reserva y la Primera, y nosotros ingresábamos en los 15´del entretiempo para desarrollarnos con los internos. Resulta que el técnico italiano que tenía me ponía de 3 y yo jugaba de 10, entonces me cansé y no fui más. Regresé a jugar a mi barrio, me vieron y me llevaron a Huracán. Mi abuelo fue a conocer el club, le gustó y quedé, pero un día me pidió que fuera a probarme a San Lorenzo por un aviso clasificado que salió en el diario.

– ¿Qué le dijo?

– “Tenés que ir a Avenida La Plata 1702 porque me gustaría que juegues en un club gallego”. Así que me fui caminando desde San Telmo. Llegué, me probé y no me aceptaron. Pero me vio el presidente del club que me persiguió una cuadra y me aclaró: “Vení mañana a entrenar que voy a echar al técnico porque es un bobo”. Así nació mi historia en el club de Boedo.

– Donde ganó cuatro títulos e integró Los Matadores…

– Sí, tuve una historia de puta madre porque integré todas las divisiones inferiores. A los 16, estuve entrenando con la Primera, donde enfrentaba al Tucumano Albrecht, Rendo, Telch, quienes me fueron formando y madurando en este deporte. Pasé de ser un nene a un señor.

– ¿Qué tenía ese San Lorenzo que salió campeón invicto?

– Muy buenos futbolistas, con personalidad ganadora. No sólo acá, sino también cuando íbamos a Europa. Le ganamos al Borussia Dortmund y cuatro veces a Estrella Roja de Yugoslavia. Teníamos un contragolpe terrible porque sabíamos jugar el Ratón Ayala, Fischer y Scotta, tres aviones para salir de contra. Regalábamos parte del campo de juego para luego apelar a la velocidad de los tres delanteros.

– ¿Por qué le decían “el equipo computadora”?

– Porque jugábamos de memoria. Además, por la precisión que teníamos en la salida; nadie revoleaba la pelota. Era muy difícil que eso pasara. Los córners eran medio gol, Cuando fui a Estudiantes, marqué tres goles olímpicos en un año; de los dos lados, del derecho y del izquierdo.

– Integró el plantel de Estudiantes de Carlos Bilardo como entrenador. ¿Qué recuerdos tiene?

-Carlos vino a buscarme a San Lorenzo, luego de que me consagré campeón en 1974 de la mano de Osvaldo Zubeldia. Necesitaba un lanzador y El Zorro me recomendó: “Llevate al Tano”, le dijo. En el Pincha anduve muy bien. Tanto fue así que fuimos de gira por España y me compra Salamanca. Le dimos un baile tremendo y en ese partido estaba a prueba Julio Cardeñosa, quién jugó en la selección española y en el Real Madrid. Pero no quedó. Entonces, me eligieron a mí y a Rezza.

– ¿Qué tal le fue en su regreso a España?

– No fue malo, pero era un equipo chico, con pocos jugadores y nos salvábamos del descenso. Entre los argentinos que había en el club como Rezza, D´Alessandro, Bustillos, Alves, lo salvamos de caer a la segunda categoría. En 1973, había jugado en el segundo equipo de la capital francesa, en el Red Star París, detrás del PSG. Era el segundo conjunto parisino en importancia comandado por Jan Paul Belmondo, ex presidente de la entidad. Contaba con jugadores muy veteranos, siendo una liga diferente a la actual. En su momento, el mejor equipo era el Saint Étienne.

Antonio García Ameijenda
Con el Gasómetro de fondo: "Se extraña el mundo del fútbol"

– Luego, volvió a la Argentina para reisentarse en el fútbol local y recaló en Huracán.

– Si, vine a ver el Mundial 78, me volví a España para jugar allá, pero no pude ingresar a ningún club. La única posibilidad que surgió fue la del Feyenoord de Holanda, pero le dije que “no” por el idioma. De esa manera, me volví a la Argentina. Llegué a Buenos Aires para jugar en San Lorenzo, pero la dirigencia no me quiso y fue una gran decepción. Recalé en Huracán durante tres meses junto a Carlos Babington y Miguel Gallardo, entre otros. El técnico era Alberto Rendo, que no me quería al principio, pero después sí. Estuve 90 días y me fui a Gimnasia y Esgrima La Plata en 1979, pero nos fuimos al descenso.

– ¿A qué edad se retiró?

– Del Lobo platense pasé a Deportivo Armenio, y de ahí salté a Almagro, donde me retiré. Pero no tenía voluntad, se me había caído la autoestima y colgué los botines a los 33 años, golpeado, roto y con varias lesiones encima; no estaba para jugar más. Cada partido que jugaba me desgarraba. Me habían detectado que tenía ácido úrico y son cristales que se clavan en la sangre. Entonces, pateás una pelota y te lesionás. Me desilusioné porque tomaba una medicación que me bajaba la potencia y me licuaba la sangre. Ya no tenía más ganas de sufrir.

– Antonio, volvió a la Argentina en 1978, en un momento muy complicado a nivel sociopolítico, en plena dictadura militar. ¿Cómo atravesó esa situación?

– Ya había tenido problemas en 1971 cuando era el capitán de San Lorenzo y José Pastoriza el de Independiente. Ambos encabezamos una huelga de futbolistas para bancar a los de las categorías B y C porque no cobraban. Entonces, nos marcaron y nos amenazaron. Un día, me cruzó un coche, se bajaron varios militares, me tiraron contra la pared, nos agarraron a mi suegro, a mi hijo y a mí, y nos amenazaron: “Váyanse del país zurdos de mierda”. Recuerdo que íbamos a las manifestaciones para hacer un paro, porque no percibíamos nuestro haberes y quedamos marcados para siempre.

– ¿Qué hizo luego de esa apretada?

– En 1973 me fui de Argentina para firmar por tres años en el Red Star francés, pero estuve un temporada y me volví, no aguantaba más.

– ¿Cuando colgó los botines, a qué se dedicó?

– Estuve tres años sin hacer nada. No estudié porque solo me dediqué a jugar a la pelota. Luego, entré en el Banco Mayo para hacer algo, si no te volvés loco. Tuve que aprender lo que es trabajar allí, en la parte de recaudación y revisar toda las cuentas de los cajeros. Si estaban bien hechas o no. Trabajé en la parte administrativa de la entidad bancaria.

– ¿Nunca se le dio por ser entrenador?

– Si, comencé a hacerlo en las Inferiores de San Lorenzo. Arranqué con la escuela de fútbol que se llamaba García Ameijenda, que instalaron unos amigos de ese club que se enteraron de que no me iba bien, que tenía problemas y me ayudaron con eso.

– ¿Qué tipo de problemas tenía?

– Económicos. Había invertido toda la plata que gané en una inversora y desaparecieron todos. Era gente amiga y conocida en la que confié, y de un día para el otro se fueron con todo el dinero y me quedé sin nada.

– En 1997 fue ayudante de campo del Bambino Veira en Boca. ¿Qué recuerda de aquel plantel exitoso?

– Que estuvimos cerca de salir campeones. El Bambino prácticamente le armó el plantel a Carlos Bianchi que luego se consagró campeón desde 1998. Trajimos a los tres colombianos: Oscar Córdoba, Jorge Bermúdez y Chicho Serna. También, al peruano Ñol Solano, a Rodolfo Arruabarrena que estaba tirado en Rosario Central, a los Barros Schelotto y a Palermo. Le dejamos el equipo armado.

– ¿Estuvo presente en la pelea que tuvieron Gustavo Barros Schelotto y Veira, que casi se van a las manos?

– Sí, se portó mal Gustavo. El Bambino no lo quería traer, sólo pretendía contar con Guillermo. Pero eran los dos o ninguno y tuvo que venir. Don Mauricio (Macri) compró el paquete completo. Guillermo le exigió que si no llegaba su hermano, no venía. Nosotros ya habíamos hablado con un mexicano, Hernández, wing ligero para que se sumara, pero no se pudo hacer. Al final, trajimos a Claudio Pol Caniggia, a Diego Maradona, toda una indiada bárbara. Teníamos un equipo muy bueno y competitivo.

– ¿Cómo hicieron para manejar los egos de ese plantel que contaba con muchas figuras?

– Hay que ser especial para manejar un vestuario con muchas figuras. Yo en el vestuario miraba mucho lo que pasaba y transmitía el mensaje. Le decía al Bambino “hay este problema o el otro”. Pasa que a los jugadores no les gustaba que Veira hablara con todos los periodistas cuando ellos eran los protagonistas. Yo le decía a Héctor: “Dejá que hablen los jugadores y salí por otra puerta”, porque siempre lo encaraban para que haga declaraciones.

– ¿Qué problemas había en ese plantel?

– Boca es un club difícil para manejar, porque los jugadores se creen que son próceres. Siempre fue y será así. En mi época, estaba Riquelme que es un buen pibe, que era callado y tenía problemas familiares. Muy retraído pero un jugador bárbaro. El Bambino lo quería hacer correr más de lo que podía correr a Román, que estaba bien de la cabeza y con su pegada. El pibe faltaba mucho porque tenía problemas familiares en la casa. Con el tiempo, ayudó a muchos compañeros a salir adelante. Recuerdo que durante el primer año Palermo se comió 20 goles, pero era un delantero que iba para adelante, no le importaba nada. Si hubiera hecho la mitad de los tantos que se morfó, hubiésemos salido campeones nosotros y no River.

– Entrenaba a Maradona también. ¿Cómo era Diego en el vestuario?

– Era difícil manejarlo. Un jugador de la gran puta que tenía pases increíbles y le quedaba poco tiempo para su retiro. Hasta que un día contra River dijo “no juego más”.

– ¿Sabían que se iba a retirar tras ese Superclásico?

– No, para nada. Diego hacia lo que quería, él decidía cuándo jugaba. Una personalidad muy brava para manejar. No se le podía decir nada porque era un fenómeno. Él era Dios y eso lo llevó a perderse en los últimos años de su vida también. Debías tener tacto para manejarlo. No le gustaba que lo molestaran. Un tipo especial que cuando concentrábamos quería tener una habitación sólo para él, con su equipo de música. En el hotel le ponían todo lo que deseaba porque era Maradona y gustaba que se hospedara allí.

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