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A 40 años del debut de Enzo Francescoli en River Plate: los entretelones de su desembarco y la historia de su mítico apodo

A 40 años del debut de Enzo Francescoli en Argentina
Debut de Enzo Francescoli en River ante Huracán

“Espero no defraudar a nadie. Tan solo tengo la ambición de satisfacer las expectativas que se crearon, pero quiero recalcar que en River hay jugadores de primer nivel y que yo seré uno más. No me considero el salvador del equipo. Lo único que voy a tener que hacer el domingo es no pensar en que todos los ojos van a estar puestos en mí. Eso sí: vine a uno de los mejores clubes el mundo y no me voy a achicar”.

Aquellas fueron las primeras palabras de Enzo Francescoli al arribar a Argentina el miércoles 20 de abril de 1983, dejando en claro su analítica forma de ver las cosas, algo que nunca cambió, y una frase final premonitoria. Lejos de achicarse, su figura se iba a agrandar hasta los más altos niveles de la idolatría riverplatense.

Con su llegada se ponía fin a una novela, la de su pase, que se desarrolló febrilmente a lo largo de dos meses y que parecía no concluir nunca. Luego del título en el Nacional ‘81, River sufrió una enorme sangría en su plantel, del que por diversos motivos emigraron Mario Kempes, Ramón Díaz, Daniel Passarella, Juan José López y Norberto Alonso. El ‘82 fue gris y mediocre y necesitaba para el año siguiente un golpe de efecto que levantara al equipo y a los hinchas. El elegido fue ese Flaco uruguayo del que todos hablaban maravillas del otro lado del río.

A mediados de febrero, Rafael Aragón Cabrera, el presidente de la institución, escuchó de su par de Montevideo Wanderers el precio que pretendían por el crack: 600.000 dólares. Era una cifra imposible para un River con números en rojo y contraofertó 100.000 más el pase de dos jugadores. La respuesta fue negativa y se inició una danza de idas y vueltas, hasta fijar la suma en 310.000 de esa moneda. Ya había transcurrido un mes cuando Enzo viajó a Buenos Aires para cerrar todo. Solo quedaba la aprobación de la asamblea de socios a la que había llamado el club uruguayo, por segunda vez en su historia, para aprobar la venta de un jugador.

Parecía ser un mero trámite, pero terminó dilatando las cosas hasta un punto límite. Finalmente, con Francescoli presente junto a su padre en la cancha de paleta de la sede social, se supo el resultado de la votación: 85 contra 66 a favor de denegar la venta. Se pasó a un cuarto intermedio, esperando que River mejorara las condiciones de pago. El jueves 24 de marzo, sobre el cierre del libro de pases en AFA, se selló el acuerdo, cuando Wanderers aceptó los avales presentados. Quien medió para que la situación llegara a un final feliz, fue un actor inesperado: Francisco Ríos Seoane, el polémico presidente de Deportivo Español, quien activó sus fluidos contactos en diversos bancos de Uruguay.

Daniel Dátola trabajaba en aquel momento en la revista El Gráfico y fue el encargado de seguir paso a paso aquel pase convertido en novela. Así evoca como fue la llegada de Enzo al país en abril del ‘83: “Eran mis primeros años en editorial Atlántida, en la que había comenzado en Billiken. La verdad es que al pasar a El Gráfico tuve suerte, porque enseguida me dieron la posibilidad de cubrir seguido a River y había pegado buena onda con varios integrantes del plantel. En ese momento se produjo la llegada de Enzo, sobre la que, si bien había expectativa, nadie podía imaginar lo que iba a ser en la historia del club. Recuerdo que lo fui a buscar a aeroparque y desde allí lo acompañé al Monumental, donde conoció a sus nuevos compañeros”.

A 40 años del debut de Enzo Francescoli en Argentina
Enzo Francescoli con el Tolo Gallego en un entrenamiento

Esa noche, Francescoli durmió por primera vez en la concentración del estadio y al día siguiente partió nuevamente a Montevideo para terminar unos últimos trámites pendientes. Fue todo rápido, porque el anochecer del jueves 21 lo encontró nuevamente en Buenos Aires, ya para la radicación definitiva. A las 9:40 del viernes 22 hizo su primera práctica formal, con una gran cantidad de personas, entre socios, hinchas y periodistas, en derredor de la cancha auxiliar. Faltaban dos días para el debut y Enzo dejaba sus impresiones: “El apoyo que me dieron mis compañeros me hizo sentir muy bien, me dio confianza y tranquilidad. Aunque, en realidad, soy un tipo bastante frío, no me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor. Cuando salí campeón sudamericano juvenil me pasó lo mismo. Recién ahora, a dos años, le doy la importancia que realmente tuvo en mi carrera. Con todo esto de River, quizás, me esté sucediendo algo parecido”.

Como si pudiese observar el futuro, Enzo dejaba una sentencia sobre lo que le podía deparar el tiempo. Pero para llegar a la gloria y la idolatría, debería atravesar varias pruebas. La primera fue en la nublada tarde del domingo 24 de abril de 1983, cuando River enfrentó a Huracán como local por la segunda fecha de la segunda fase del torneo Nacional. El cuadro estaba lejos de los esplendores no tan lejanos, y navegaba en un mar de dudas futboleras, que repercutían en una concurrencia moderada en las tribunas. Fillol, Tarantini y Gallego eran los sobrevivientes de los tiempos de los lujos. Ahora era un River proletario, luchador, que peleaba cada partido.

Francescoli en River, donde continúa trabajando en el club que lo vio debutar en Argentina (Nicolás Stulberg)
Francescoli en River, donde continúa trabajando en el club que lo vio debutar en Argentina (Nicolás Stulberg)

Fue un ajustado triunfo 1-0 con gol de Marcelo Bottari en contra y Enzo apenas mostró algunos destellos de su clase. Marcó un gol, que fue anulado por posición adelantada, luciendo la camiseta número 10, que aún conservaba el peso de Norberto Alonso. Daniel Dátola estuvo presente allí y siguió de cerca al uruguayo: “El Gráfico era la revista deportiva y salir en la tapa era algo esperado por todos. Recuerdo que, al terminar ese encuentro, hicimos las gestiones en el vestuario y pudimos llevarlo hacia la histórica redacción ubicada en San Telmo. Para mí, que era un joven que estaba dando sus primeros pasos, fue un momento muy especial, porque había acercado a la figura más buscada de ese domingo. Estuvo un rato y vio su foto que saldría en la portada al día siguiente”.

El primer River Plate de Enzo formó con Ubaldo Fillol; Eduardo Saporiti, Alberto Tarantni, Enrique Nieto y Jorge García; Enzo Búlleri, Américo Gallego y Francescoli; Alberto Bica, Raúl de la Cruz Chaparro y Emilio Commisso. En el entretiempo se dio un cambio entre dos futbolistas con pasado en Newells: José Luis Zuttión por Bulleri.

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Enzo Francescoli ya capitán en el '84

Apenas transcurrieron tres días para que gritase el primero de sus 137 goles con la camiseta de la banda roja. El miércoles 27 de abril, en fecha entre semana, River obtuvo una importante victoria ante Ferro en Caballito por 1-0 y Enzo marcó de penal, con una historia particular detrás del hecho, como lo recordó el propio uruguayo: “Los encargados de la ejecución eran Nieto o Jorge García. Cuando se dio ese penal, éste último se me acercó y me dijo: ‘Patealo vos’. Lo tomé como una gran prueba de confianza de mis compañeros”. El gol quedó registrado en video, con el detalle curioso que fue relatado por Enrique Macaya Márquez para el noticiero de ATC.

Los problemas del ‘82 se renovarían en el ‘83 en el mundo River, como lo cuenta Dátola, muy cercano al día a día en ese momento: “Esos últimos años de Rafael Aragón Cabrera como presidente eran de permanentes problemas y conflictos, entre él y los integrantes del plantel. Recuerdo que los muchachos se plegaban a los paros nacionales. Fue una época difícil, con pesos pesados de ambos lados a la hora de discutir el tema del dinero”.

Lo que había comenzado como un hermoso sueño, casi termina como la peor de las pesadillas. River Plate finalizó anteúltimo en el torneo de Primera División 1983 y se salvó del descenso, porque a partir de ese campeonato se habían instaurado los promedios. Hugo Santilli ganó las elecciones y contrató al uruguayo Luis Cubilla como entrenador, quien desde el primer momento dejó en claro que su compatriota no estaba entre sus prioridades. A tal punto, que lo ofreció al América de Cali en parte de pago por el pase de Roque Alfaro. Pero Enzo expresó su pensamiento en ese momento: “No me interesa irme de River, porque me propuse triunfar aquí, uno de los equipos más importantes. Aunque aún no lo haya hecho, sé que puedo rendir al máximo de mis condiciones. Lo mío es una cuestión de orgullo”.

El pueblo millonario deliró en ese verano del ‘84 con destellos casi religiosos, ya que se dio el regreso del hijo pródigo, cuando Norberto Alonso volvió al club. Esa situación llevó a Cubilla a colocar a Francescoli en la inhóspita posición de volante por derecha, tendiendo que sacrificarse en la recuperación, con el número 8 en su camiseta. Lejos del arco rival, poco podía influir. A mediados de año, tras ser goleado por Unión 5-1, Cubilla dejó el cargo, en vísperas de una gira por Europa que sería decisiva en el futuro de Enzo.

A 40 años del debut de Enzo Francescoli en Argentina
Enzo Francescoli elegido el mejor jugador del '84 con Alfonsín, O'Reilly y Grondona

El equipo quedó en las manos de la añeja sabiduría de Adolfo Pedernera, que le dijo unas palabras que el crack uruguayo jamás olvidó: “Era un sabio. Me agarró un día y sentenció: ‘Vos no jugás bien cuando querés, sino cuando podés y te dejan. Tenés todas las condiciones para engancharte en los últimos metros de la cancha, donde tenés que ser más desequilibrante de los que sos volanteando’. En esos partidos por el Viejo Continente se vio el enroque de posiciones de Francescoli con Héctor Enrique, dándole otra dinámica al equipo, que benefició a ambos. Uno de esos partidos fue el día del debut de Maradona en el Napoli, que concluyó con un empate en cero en estadio San Paolo.

Al regreso de la gira los esperaba el nuevo técnico, que sería muy importante en la vida de Francescoli: el Bambino Veira. El equipo se paró unos metros más adelante y cambió la fisonomía. Desde allí hasta el final ganó muchos partidos, se encaramó en el cuarto puesto final y Enzo marcó 14 goles en ese lapso, que lo llevaron a ser el máximo artillero del fútbol argentino por primera vez.

Allí nació el apodo que lo iba a acompañar por siempre y fue gracias a un compatriota que le tuvo una enorme confianza desde su arribo a Argentina: Víctor Hugo Morales, quien estaba a la cabeza de Sport 80 por radio Mitre, la tira deportiva más escuchada. En sus palabras va la evocación de aquel seudónimo: “Surgió en un momento en que yo andaba con un metejón con el tango Príncipe y lo cantaba a cada rato. Hizo un gol y repetí una parte: “Príncipe soy, tengo un amor y es el gol”. Aparte, el apodo le caía justo al hombre algo melancólico, tristón, con un andar verdaderamente principesco. Por eso, más que nada, creo que perduró”.

El resto de la historia es más conocida. Fue la figura descollante del gran cuadro que ganó el torneo 1985/86 por 10 puntos de diferencia para ser transferido a Francia. Volvió en 1994, para seguir ganando todo, hasta la Copa Libertadores. Daniel Dátola acerca otro dato sobre su personalidad: “Apenas lo conocí me llamó la atención su forma de ser, porque era correcto y muy educado, bien uruguayo (risas). Podía ser que fuese así porque recién llegaba y era un mundo nuevo para él, pero no, de ninguna manera. Con el paso del tiempo jamás cambió. Siempre fue respetuoso. Muchos años después me hicieron llegar esa nota que le hice por su debut en la revista El Gráfico. Conseguí el teléfono de Enzo y le mandé un mensaje, recordándole un poco aquella entrevista y quien era yo. Al rato me llamó con una gran cordialidad y estuvimos hablando un rato. Nadie podía pensar en esa tarde del ‘83 en el ídolo inmenso en que se convertiría dentro de la cancha y que como dirigente, para ser el artífice de la llegada de Marcelo Gallardo como entrenador”.

La vida y el fútbol suelen tener estas cosas en común. Situaciones inesperadas. ¿Qué hubiese pasado si Enzo se iba a Colombia a comienzos del ‘84? Nadie lo puede saber, pero es muy probable que no se hubiese escrito esta historia, comenzada hace 40 abriles, que vuelven todos los días en el agradecimiento de una hinchada que ya lo ubicó en lo máximo de la idolatría.

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