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La historia de San Diego, el peor equipo porteño que forjó valores como la amistad y la nobleza entre derrota y derrota

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San Diego, el peor equipo del barrio (Taveira, Fernando Esteban/)

Él quería contar una historia. Su historia. Oriundo de Villa Devoto, Marcelo Izquierdo creció en las calles porteñas, donde los picados formaban parte de las tardes de potreros, con los desafíos con otras barras del barrio y la diversión pasaba por la Pulpito. En aquella época no había redes sociales, TV por cable, ni WiFi. La pelota era el principal elemento del entretenimiento. Y había que cuidar el recurso primordial en las canchas improvisadas con los árboles de las veredas, las plazoletas o los espacios verdes a la vera de la General Paz que representaban enormes escenarios para llevar adelante los partidos con Olimpia y Defensores, los clásicos de la zona.

El periodista que formó una trayectoria por diversos medios nacionales y protagonizó constantes aventuras como corresponsal en países como Cuba, Venezuela, Ecuador y España, fundó un equipo que convivió con la derrota constante, pero forjó vínculos inquebrantables a lo largo de los años. “Quería narrar pequeñas historias sobre lo que sucedió en la década del ochenta. Hay mucho material sobre la Dictadura del setenta y del menemismo en los noventa, pero había un bache que quise revivir desde la mirada de un chico”, explicó en diálogo con Infobae el autor de San Diego, el peor equipo de barrio.

Su infancia se dio en un contexto cargado de inocencia y violencia. Es que mientras escuchaba a sus ídolos José María Muñoz y Carlitos Balá fomentar el Mundial de 1978 bajo el lema “los argentinos somos derechos y humanos”, en el país se desarrollaban delitos de lesa humanidad con centros clandestinos que recién con el regreso de la democracia fueron clausurados, con el posterior juicio a los responsables. Proveniente de una familia de clase media sin militancia, de chico se maravilló con el fabuloso torneo que convirtió al Pato Fillol, Mario Kempes y Daniel Passarella en leyendas internacionales. Descreía de “la campaña del boicot que se producía en el exterior” y confiaba en la “veracidad” de la prensa nacional, que por entonces estaba intervenida por Las Juntas.

Durante aquellos días se decepcionó con la ausencia de turistas extranjeros. Los únicos que hablaban en gallego, idish o italiano eran los propios vecinos que se habían instalado en Buenos Aires después de la Segunda Guerra Mundial. Y más allá de haber sentido esa sensación amarga de no haber podido interactuar con ningún forastero, la pelota siguió rodando.

Los días pasaban y San Diego continuaba sumando derrotas. A pesar de los resultados adversos, los vínculos con los integrantes del equipo eran cada vez más sólidos. Así llegó a su adolescencia, cuando comenzó a comprender lo que realmente sucedía en el país. Entendió los crímenes de los desaparecidos y al poco tiempo sufrió pérdidas en las Islas Malvinas.

Con el transcurso de los años, la Pulpito de plástico se convirtió en una pelota “real” de cuero; pero los resultados seguían con una postura negativa. Desde 1971 hasta 1994, los jugadores pasaban y las victorias no llegaban. Aquellos chicos que se interesaban por la búsqueda de insectos y bichitos en los terrenos de juego trasladaron sus preocupaciones a la cotización del dólar oficial y la inflación a medida que fueron creciendo. Para ellos era más importante el contexto social, que seguir a las marcas en los torneos que disputaban en Villa Crespo. Su máximo orgullo fue haber recibido un trofeo al premio Fair Play tras haber perdido en todas sus presentaciones, a excepción de una jornada en la que lograron rescatar un empate frente al penúltimo del campeonato.

A pesar de las limitaciones de sus compañeros, Marcelo Izquierdo tenía algunos argumentos que lo impulsaron a probar suerte con el fútbol. Su velocidad y destreza como wing lo motivaron a realizar pruebas en River, Chacarita y Lamadrid, pero después de recibir respuestas negativas cayó en Estudiantes de Buenos Aires, gracias a un contacto que tenía su padre con las autoridades del club de Caseros. Fue una etapa en la que se dio cuenta que prefería perder todos los compromisos junto a sus amigos, antes que estar en un lugar competitivo con un grupo de pibes que lo maltrataban.

Desde el primer día que llegó al equipo del Oeste del conurbano bonaerense se sintió incómodo. Uno de sus peores errores fue arribar con un bolso fucsia (el único que había en su casa) y cuando se trasladó a las cuchas después del entrenamiento sintió la intimidante presencia de los más grandes…

—Mirá putito, mirá qué pija tengo ¿No me la querés chupar un poquito?

Todos los pibes más grandes se tocaban sus miembros erectos y me los mostraban. Las duchas eran un jolgorio. Otro me susurraba de costar:

—Si te gusta tanto ésta, me la podés tocar un rato ¡Mirá que dura!

No había paredes divisorias entre las duchas. Estábamos todos juntos, uno a un metro y medio del otro. Todos desnudos, enjabonados. Quería irme de ahí. Hacía que no los escuchaba hasta que uno quiso ducharse conmigo. Me llevaba dos cabezas. El pibe me sonrió con sorna y lo empujé como pude. Se resbaló por el piso enjabonado y cayó al suelo. Nunca me había agarrado a piñas y sentí que ese momento había llegado…

—Epa, mirá qué arisco se me puso el putito ¡Ahora vas a ver cómo te va a quedar el culo!

Las risas coparon todo. Entonces cerré la ducha y enfilé hacia el vestuario. Pero uno de los pibes se interpuso en la puerta para evitar mi huida justo cuando el entrenador entraba a los gritos.

Luego de ese episodio, nunca más volvió a llevar el bolso fucsia a los entrenamientos y tampoco se duchaba después de las prácticas. Llegaba cambiado sobre la hora y se retiraba inmediatamente al término de cada jornada. Sin embargo, sus abusadores no se habían olvidado de él. Entre ellos, se destacaba el volante central de la Sexta División que lo agredió durante una rutina que consistía en subir y bajar los escalones de las tribunas. Bastó con hacerlo trastabillar para que empezara a rodar por la popular y su boca impactara contra el cemento de la grada. Un viaje directo a la enfermería que concluyó con la expulsión de su agresor que lo privó de jugar el fin de semana. Marcelo jamás volvió a Estudiantes de Caseros.

San Diego
La tapa del libro "San Diego, el peor equipo de barrio"

Con la bohemia de Alejandro Dolina, la melancolía de los potreros de Eduardo Sacheri y el sarcasmo de Hernán Casciari, Marcelo Izquierdo expuso con su obra una novela basada en la vida de un equipo que hizo un culto de la derrota. Un grupo de amigos que fue creciendo bajo el regreso de Juan Domingo Perdón, el golpe cívico-militar de 1976, la represión social, el conflicto bélico de las Islas Malvinas, la recuperación de la democracia y el Menemismo. “Soy de Racing y de Lamadrid. Es decir que el fútbol me preparó para la vida. Sufrí los 35 años sin títulos locales de la Academia y la etapa de la quiebra. Con el Carcelero también tuve más decepciones que alegrías. Lo importante es encontrar la felicidad en los aspectos que van más allá de un resultado”, analizó el autor. Tal es así que la única ovación que recibió en el club de su infancia fue en su propio barrio, después del Mundial de Italia cuando se acercaron a la casa que Maradona tenía en Devoto y contagiaron a los vecinos al grito de ¡San Diego, San Diego! Como no podía ser de otra manera, aquella Selección de Carlos Bilardo había perdido la final contra Alemania.

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