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El inolvidable Boca de Menotti: un campeón sin corona que llenó las canchas y dio espectáculo

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César Luis Menotti en el banco de suplentes del Club Atlético Boca Juniors

El calor agobiaba en el breve espacio. El pintoresco reducto de la sala de reuniones de la presidencia de Boca Juniors era el marco para un momento especial. César Luis Menotti acababa de firmar contrato como entrenador del club. En la conferencia de prensa fue consultado acerca de si su estilo era compatible con el de la hinchada de Boca. Y el Flaco fue más fiel que nunca a sus convicciones, marcó el camino de los días por venir en la respuesta: “Que yo sepa las hinchadas no tienen estilo. Tienen pasión, tienen sentimiento. Ellas responden a lo que su equipo le da. Si le ofrece fútbol, dignidad profesional, esfuerzo y talento, estaremos en el mismo estilo. No conozco ningún entrenador que sea ovacionado si pierde todos los partidos. Desde chiquito tengo un código: ganar por ser mejor, no hacerlo de cualquier manera. Hay que tener cuidado con el éxito. Hay triunfos que no los envidio para nada. En Boca vamos a tratar de ser los mejores y después de eso vendrán las victorias”.

Su llegada a Boca conmocionó al fútbol argentino en aquellos días finales de un 1986 que estaba destinado a quedar en el recuerdo. En una improvisada y tumultuosa conferencia de prensa, César dejaba en claro, una vez más, sus postulados, ahora de cara a un inmenso desafío, que muchos suponían como imposible: cruzar sus caminos con los de Boca Juniors. Y entre ambos se desató un amor tumultuoso, una pasión sin límites, con el marco de tribunas rebosantes y un sueño fantástico, que tenía aristas de utopía. Remontó desde la 14° posición y llegó a la punta, generando un fervor bien boquense, con una Bombonera que no latía así desde los tiempos de Diego. Peleó por el título hasta el final, se quedó en la puerta y fue un campeón sin corona.

Los Xeneizes necesitaban un cimbronazo de esa magnitud, cuando concluía una temporada donde River había saldado su histórica deuda con la Copa Libertadores y, más tarde, alzó también la Intercontinental. Para el Flaco era, de algún modo, volver también a los primeros planos, luego del impacto sucedido en México, donde Carlos Bilardo, su enemigo futbolero, se había consagrado. Y desde el mismo momento que pisó el vestuario, dejó su impronta, derramando su carisma delante de un plantel de buenos jugadores, pero caído anímicamente. Dos futbolistas pensaban que su ciclo allí había llegado al final, por sus características. Uno de ellos era Jorge Higuaín, que así lo recordó: “La llegada del Flaco potenció mi carrera, fue algo increíble, aunque en mi cabeza tenía otra idea. El día de su presentación íbamos juntos en un taxi con Hrabina y le dije: “Ruso, acá vamos a tener poca vida, porque nuestro estilo no tiene nada que ver con el de él, que le gusta los que juegan bien y vos y yo somos horribles con la pelota en los pies” (risas). Estábamos en el vestuario esperándolo y cuando ingresó fue un impacto, porque te deja mudo cuando lo escuchás. Nos faltó experiencia en partidos decisivos para poder haber sido campeones. Me dejó marcado la primera charla con Menotti, al día siguiente de asumir: “Usted es respetado por los rivales y compañeros. Es líder y ganador. Solo le voy a pedir una cosa: cuando agarre la pelota, trate de dársela a uno que tenga la misma camiseta”. Un monstruo”.

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Boca Juniors 1987: Hrabina, Carrizo, Higuain, Gatti, Abramovich, Musladini, Rinaldi, Graciani, Melgar, Tapia y Comas

Ya desde la pretemporada en la Villa Marista de Mar del Plata, comenzó a alimentarse una ilusión, en los jugadores y los hinchas. El debut fue con una victoria por 3-2 ante Independiente en la Copa de Oro, con una actuación muy convincente, como preámbulo de los felices días por venir, sobre todo teniendo en cuenta el alto linaje del adversario. El domingo 25 de enero era la hora del debut oficial por torneo local, frente a Vélez, en una bombonera repleta, como hacía mucho no se la veía, desbordante de ilusión por lo que se había visto en el certamen de verano. Fue victoria 2-0 con goles de dos de los hombres que rápidamente habían recuperado la memoria futbolera: Jorge Rinaldi y Jorge Comas.

Tres días más tarde regresó a Mar del Plata para definir la Copa de Oro contra River. El empate le bastaba para ser campeón, pero salió con su conocida voracidad ofensiva. Sobre la hora llegó el legendario gol de Hrabina que le dio el festejado título y que así lo recordó su autor en diálogo con Infobae: “Eran las épocas donde el torneo de verano se jugaba a muerte y llegamos a la fecha final con la chance de ser campeones, con solo empatar ante River. Arrancamos ganando 1-0 y de pronto estábamos 3-1 abajo contra un equipazo, que se perdió varios goles. Nosotros fuimos con todo adelante y cada contra con Alzamendi, Funes y Caniggia metía miedo (risas). Comas descontó y cuando ya terminaba, el Tuta Torres metió un zurdazo en el travesaño y yo aparecí como un fantasma, no sé de dónde (risas) y puse el 3-3 de palomita”.

En menos de un mes, Menotti había desatado una revolución en el fútbol argentino, volviendo a poner sobre la mesa la vieja discusión sobre un sistema táctico, que tenía dos visiones: Para sus seguidores, era un achique de espacios, para sus detractores, la trampa del off side. Lo concreto es que ese Boca, adelantaba sus defensores, muchas veces casi hasta la mitad de cancha, para tratar de dejar a los delanteros rivales en posición adelantada. En el torneo local, siguieron dos victorias en cancha de Velez: 2-0 ante Platense y 1-0 frente a Racing, con un gol sobre la hora del Ruso Luis Abramovich, que de esta manera lo evocó: “Es un recuerdo inolvidable, porque en el arco rival estaba nada más y nada menos que el Pato Fillol. Veníamos encumbrándonos con una buena racha, donde ganamos muchos partidos en forma consecutiva. Ese fue mi primer gol con la camiseta de Boca y me resultó increíble, emocionante e inolvidable, porque ya se terminaba el partido y la clavé justo contra un palo”.

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Menotti recibe el reconocimiento de la hinchada en La Bombonera

Boca seguía sumando. Fue a Córdoba y venció con claridad a Talleres 3-1 y siete días más tarde tendría que afrontar el examen más difícil, porque Rosario Central, ubicado en la segunda posición, visitaría la Bombonera. Con astucia, supo cómo contrarrestar el sistemático adelantamiento de la última línea de los hombres de Menotti y se fue al vestuario en ventaja 1-0. Pero en el complemento, el cuadro local fue una tromba vestida de amarillo, que apabulló a su rival con la garra histórica del club y el toque distinguido que le había inyectado el Flaco. Se impuso 4-1 decretando una fiesta que tuvo como broche los primeros aplausos que recibió el entrenador.

Dos triunfos más lo pusieron a un punto de la cima inesperada. Eran los mismos jugadores que hasta dos meses atrás naufragaban en la mitad de la tabla y ahora eran protagonistas. La respuesta a ese cambio se llamaba César Luis Menotti, que apenas había modificado a dos futbolistas, dándole la posibilidad a un par de chicos de las inferiores que rápidamente se acoplaron a sus compañeros: Hugo Musladini haciendo dupla de centrales con el Pipa Higuaín y Fabián Carrizo, incansable batallador y recuperador de pelotas en el centro del campo. El carisma del Flaco todo lo podía, dentro y fuera de la cancha, como en esta anécdota que nos revivió el Ruso Hrabina: “Estábamos de pretemporada y el Flaco siempre hacía sobremesa en el hotel con sus amigos, como Cacho Fontana o el Negro Olmedo. Una noche, que estaba por salir a tomar un café, me llamó: “Venga, Enrique. Lo estuve observando que se viste con muy buen gusto, de manera elegante. Por eso me surge la pregunta: ¿Por qué no juega de la misma manera?” (risas).

Menotti potenció a los futbolistas. Le hizo vivir una segunda juventud al Loco Gatti, que, a los 42 años, era un pibe jugando como un líbero, detrás de esa última línea que salía de memoria (Abramovich – Higuaín – Musladini – Hrabina) y que provocaba en bloque, el permanente achique de espacios. Fabián Carrizo como clásico volante central de corte, respaldando la dinámica y primer pase del boliviano Milton Melgar, para abastecer a Carlos Tapia y Jorge Rinaldi, la usina generadora de fútbol. Y el gol que vivía en Alfredo Graciani y Jorge Comas. Rápidos, letales y certeros ante el arco rival.

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Menotti potenció a los futbolistas de Boca y provocó una revolución en el club

A falta de cinco fechas, Boca enfrentó a San Lorenzo, líder del certamen, en un estadio de Vélez que parecía aún más magnífico, en una noche pletórica de fútbol. El Loco Gatti estuvo inspirado, evitando cuatro chances claras de gol, al tiempo que sus compañeros no perdonaron en la otra valla, defendida por José Luis Chilavert. Ese triunfo por 3-1 lo depositó en el cielo de las posiciones, compartiendo el lugar con Rosario Central, un punto por encima de Newell´s e Independiente y a dos de su vencido, en una de las definiciones más parejas de todos los tiempos.

Pero en la recta final, el equipo tuvo un pequeño declive. La mayoría de los adversarios parecían haber encontrado la receta de como contrarrestar el achique de espacios, haciendo picar al vacío a volantes o marcadores laterales. Dejó un punto importante contra River en el Monumental y en la anteúltima fecha, se esfumaron todos los sueños al caer ante Independiente 3-2 en la Bombonera, en un encuentro pleno de fervor, goles, buen fútbol y polémicas. El barrilete de la ilusión remontado al calor del sol del verano, caía en otoño como las hojas de los árboles.

Quedaba el premio consuelo de la liguilla, que otorgaba una segunda plaza la Copa Libertadores, ya que la primera quedó en manos del campeón, Rosario Central. El día anterior al debut con Deportivo Armenio, Menotti debió ser internado en el hospital italiano con el diagnóstico de una obstrucción intestinal. Como no mejoraba, se lo operó pocas horas más tarde, extrayéndole 35 centímetros del intestino delgado. La evolución fue lenta y mientras tanto el equipo fue conducido por su ayudante Rogelio Poncini, superando a Armenio y Newell´s. El Flaco regresó al banco para las finales con Independiente, que nuevamente fue el verdugo, como dos meses antes, para dejarlo definitivamente con las manos vacías.

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El Flaco entre Rinaldi y Tapia, dos de las figuras de aquel Boca

Enseguida programó la pretemporada para iniciar el trabajo e incluso pidió varios refuerzos, en cuya dirección trabajaron los dirigentes. En medio de esa situación, y para sorpresa de todos, el 30 de junio por la noche, le presentó la renuncia al vicepresidente Carlos Heller. El romance había terminado de la peor manera, con un portazo, que golpeó en la ilusión de los hinchas. Varios años más tarde, allá por fines del ‘93, regresó al club, refrendando el dicho sobre las segundas partes. Por eso, pese a que tuvo dos ciclos, siempre que se hable del Boca de Menotti, será aquel del ‘87, el que deslumbró, llenó las tribunas y las canchas de buen fútbol y, con el achique, agrandó el sueño del pueblo boquense. Le faltó poco para coronar y fue un campeón sin corona. Pero seguro que al Flaco el resultado no le importó y fue feliz con lo que hicieron sus muchachos en el verde césped.

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